jueves, 29 de junio de 2006

Individualismo indefinido y colectivismo ilimitado: causas y efectos del confuso mix entre democracia participativa e ingeniería social





Sócrates y Pericles


El origen de las paradojas de dos posturas ético-políticas de la Antigüedad


Para la realización de este breve ensayo me tomé la libertad de hacer un análisis filosófico político algo improvisado de la Atenas democrática, como paso previo a otro análisis de los discursos de Sócrates y Pericles. Esto no es inconsecuente: servirá como punto de apoyo para poder comprender las discrepancias entre ambos -y las que no lo son tanto- desde una perspectiva algo diferente.
Este ensayo no pretende tener un nivel académico exigente, y es, más bien, una hipótesis que más que probarse a sí misma intentará afirmarse como tal. En cualquier caso no dejaré de intentar probar lo que creo ya se puede esbozar como su idea eje: los antiguos tenían una comprensión incompleta -y me arriesgo a decir que una confusión enorme- de la relación entre la esfera privada y su relación con la libertad política. Pasarían casi dos mil años hasta que esta temática llegara a analizarse con profundidad, y sin embargo ya mucho antes, en una forma nebulosa, se había tomado cuenta de la misma, y no sólo no por una comprensión científico-política (fue sólo el aprendizaje cotidiano por ensayo y error), sino además sin haber tomado consciencia de haberla descubierto. Esta incomprensión a nivel intelectual tenía un resultado paradojal a nivel político: por un lado hacía imposible comprender los “porques” de los resultados adversos de la invasión de la organización política sobre la vida social, pero por el otro hacía posible que la confusión entre ambas no degenerara en una politización totalitaria consciente por parte de los liderazgos políticos eventuales de la que pudieran ser víctimas sus propios participantes a la hora de conformar la sociedad civil (por supuesto existió una excepción: Esparta; pero incluso la excepción espartana confirma la regla, ya que la excepción ni siquiera sabía por qué lo era.)
Es en este contexto en el que creo deben analizarse tanto el Discurso Fúnebre de Pericles como la Apología de Sócrates, ya que esta incomprensión también ha llevado a los antiguos a tener más coherencia filosófica que política, y me arriesgo a decir que a ser bastante autocontradictorios a la hora de juzgar la sociedad que los rodeaba, y a proponer soluciones políticas que eran tanto más adversas a sus propias creencias cuanto más en profundidad querían llevarse a cabo (el “Estado perfecto” de Platón es el ejemplo por excelencia). Pero limitémonos al caso de los autores que se han elegido para la realización de este ensayo: será en sus propias palabras donde encontraremos las paradojas de sus propias posiciones éticas y políticas.
Por todo lo antes dicho es que este trabajo, a la vez comparativo y deductivo, se dividirá en dos partes: en la primera intentaré describir y analizar cómo la indistinción entre individuo y ciudadano era una cuestión de incomprensión del problema, y cómo este hueco en el conjunto de las ideas se materializaba en los hechos políticos de forma que el resto del pensamiento sobre la vida ciudadana vagara por cierta peligrosa inercia regresiva haciendo al orden político increíblemente voluble; en la segunda, en cambio, intentaré probar cómo este fenómeno dio lugar a paradojas que se expresaron con notable claridad en las posiciones de Pericles y Sócrates tanto frente a la ciudad-Estado democrática como frente a los individuos, sea en su vida privada o en su vida pública. La conclusión agregará una comparación entre ambos escritos: vistos desde esta diferente óptica podrán reconocerse en sus aparentes discrepancias coincidencias que de otra forma serían difíciles de apreciar. Veamos.



I. Ética y política


1. La libertad en los antiguos: democracia participativa sin politización social, y pluralismo económico-cultural sin garantías a la libertad individual


En el ideal democrático de la Antigüedad la esfera cívica y política estaban confundidas, pero los confundidos eran todos: ciudadanos y políticos. Una réplica fácil sería que en Atenas los ciudadanos eran los mismos políticos, pero esto no es enteramente cierto: toda sociedad -y aclaro que por sociedad hablo ahora de la casta que, con independencia de su situación económica, era seleccionada para participar en el poder por su origen nacional, y que formaba la democracia ateniense- era de todas formas gobernada siempre por una inevitable minoría técnico-administrativa, y el sector “gobernante” -la ciudadanía ateniense- lo era por rotar en su totalidad en la dirección de dicha administración. La administración de la fuerza política de la participación ciudadana siempre era confiada a unos pocos en cada momento (estrategas, etc.), y el resto era gobernado. Sin embargo -y en parte por esto mismo- la participación directa y dinámica en los asuntos públicos no exigía una politización de la sociedad. Tampoco existía una socialización de la política. Ni una cosa ni la otra: se trataba de una fusión no deliberada. La ciudad-Estado y su sociedad nacieron prácticamente juntas. En cualquier caso, la democracia ateniense era participativa, no completamente directa. La ciudad-Estado no debe entenderse como el Estado moderno, y autores como Sartori se niegan sencillamente a llamarlas ciudades-Estado (serían ciudades-comunidad sin Estado). Lo que había de Estado en el sentido moderno en la sociedad antigua era prácticamente diminuto, y la comunidad política la sobrepasaba. Es por esto que la comunidad política, cuando era sometida por el poder de una minoría o de un solo individuo, se transformaba, a los ojos de los demócratas atenienses, en oligarquía o en tiranía respectivamente (y cuando se veía con otros ojos como aristocracia y monarquía). La sociedad ateniense, en especial, estaba impregnada de política -pero no de ideología en el sentido moderno del término-, pero la democracia participativa no era un intento de constructivismo social monocorde. Es por esto que el margen que no era regulado por la política, lo era en cambio regulado por la cultura y la religión, que no podían involucionar en forma totalitaria. La cultura ateniense daba, a su vez, espacio para cierto margen reducido de libertad individual. De todas formas la libertad de los antiguos no es entendida sino como autogobierno colectivo democrático. Pero entonces ¿cómo se gobernaba a sí misma una sociedad mayormente no libre? No lo hacía la sociedad civil (en el sentido moderno de individuos asociados libremente), sino la ciudadanía formada comunitariamente por su propia inercia cultural y religiosa alrededor de leyes y dioses que hacían de limitantes naturales del poder positivo (las legislación decidida democráticamente se subordinaba a la legislación que la cultura religiosa había formado consuetudinariamente).
Benjamín Constant fue más que claro para explicar el fenómeno de la libertad según los antiguos, y no es necesario repetir sus preclaras explicaciones. Prefiero en cambio citar a Sartori para explicar cómo sobrevivía la libertad individual moderna en aquel contexto:
La precisión no niega, en modo alguno, que la civilización griega haya sido una explosión rica, múltiple y vital de “espíritu individual”. Lo que se niega es que la libertad del individuo fuese protegida. Y las dos tesis son perfectamente compatibles. El hecho de que un prepotente instinto individualista atraviese toda la experiencia de la democracia de tipo ateniense, no desmiente que el individuo quedara ahí indefenso y a merced de la colectividad. Y el hecho de que aquella democracia no tenía respeto por los individuos; más bien se caracterizaba por la sospecha hacia los individuos. Desconfiada y celosa de toda personalidad eminente, voluble en sus reconocimientos y despiadada en sus persecuciones, era una ciudad en la que el ostracismo no constituía una penalidad, sino una precaución”[1]
El caso de Esparta -que sirve por comparación para describir al de Atenas- no es otra cosa que la democracia participativa ateniense transformada en democracia totalitaria, o sea, un tipo de democracia basada en una participación pasiva del individuo qua individuo en la política, y mucho más activa del individuo en tanto miembro social. El totalitarismo espartano es, por esto, un fenómeno completamente particular de la sociedad antigua, y un caso excepcional. El totalitarismo moderno es diferente en el sentido de que la burocracia política no es minoría frente a la comunidad política (la ciudad-Estado), al contrario: la comunidad política debe burocratizarse para ser realmente política, ya que Estado y burocracia son hoy por hoy indistintos. El lado político de la burocracia estatal, o sea, la burocracia política, es ahora los partidos o el Partido (sea este hegemónico o totalitario). Precisamente, la fuerza social activa del totalitarismo, tanto antiguo como moderno, está en sus participantes, pero, la iniciativa en el totalitarismo antiguo está en los propios gobernados por el totalitarismo, ya que ellos siguen siendo la comunidad política gobernante (lo cual los pone a la deriva), en cambio el totalitarismo moderno puede verse, es cierto, en la inercia de las circunstancias, pero la iniciativa está en la pirámide organizativa de la dirigencia del constructivismo social y de su enorme aparato de adoctrinamiento ideológico. La politización de la sociedad del moderno totalitarismo se debe, precisamente, a que la burocracia político-administrativa es el verdadero origen de la mecánica totalitaria, y entonces no es la comunidad de la polis la que se absorbe a sí misma, como en el totalitarismo antiguo, sino que la absorbente resulta ser la burocracia política (el Partido) en nombre de esa misma comunidad, y es así que lo civil desaparece como tal y se vuelve masificación forzada como extensión de la voluntad encarnada del partido único totalitario (socialización del Estado, sí, pero antes estatización de la sociedad). A diferencia de esto la dirigencia burocrática espartana tenía en sus manos un poder enorme, y, sin embargo, no podía librarse, entre otras cosas por su pequeñez, de la inercia que arrastraba a los espartanos a su mismo totalitarismo militarizado: para lo único que servía era para que no colapsara la dirección político-militar del día a día. Es por esto que se da la paradoja de que Esparta era gobernada administrativamente por un reinado dual sin poder, mientras que el poder militar y civil estaba en sus propios ciudadanos en una forma no-libre, lo cual la convertía en la primera casta dominante esclava de sus propia función social: el servicio militar. Debe entenderse que, porque la política administrativa (el Estado en sentido moderno) era, en la antigüedad, infinitesimal, era más probable -por no decir solamente posible- que un totalitarismo se diera por iniciativa de la ciudadanía. En ausencia de ésta y reducida así la casta dominante a una monarquía, el totalitarismo ya no es posible: las castas subalternas no tienen motivación para ejercer sobre sí mismas un poder absoluto que absorba la totalidad de sus vidas privadas, ya que de ese poder no podrán ser parte, y el tirano no tiene la burocracia suficiente para transformar y disciplinar a las diferentes castas y clases a una militancia totalitaria cuando ni siquiera puede sacar de su propia sociedad a población civil para uso militar como hacen los estados modernos. En el caso espartano sólo la propia casta dominante veía toda su vida privada subordinada al totalitarismo militar y las consecuentes formas socialistas de organización de la vida y la reproducción. A diferencia de la casta dominante, que carecía de propiedad privada, las castas subalternas no se veían esclavizadas en su vida personal: sólo parte de su vida pública era sometida, y sólo en cuestiones particulares. Una de esas castas eran los ilotas, campesinos siervos de los cuales se deducía la mayor parte de la producción de sus haciendas, y sólo de vez en cuando eran reclutados para servir como soldados, y por lo demás estaban completamente fuera de la vida social espartana, al punto que se evitaban las rebeliones (imposibles en el caso de que hubieran estado esclavizados) con combates que no eran si no cacerías humillantes. Luego estaban los periecos, que, si bien libres, no participaban del poder político totalitario, ni activa ni pasivamente, y que eran lo que hoy llamaríamos “burgueses”, o sea: quienes se dedicaban a los negocios y las empresas, al comercio y a la industria.[2]
Recapitulemos: ¿qué sucedía en Atenas? Como bien describe Sabine, la democracia participativa pertenecía a casi la mitad de la población trabajadora masculina nativa. Los esclavos, dedicados a labores menores, eran excluidos por las mismas razones por las que eran esclavos, y no para evitar su liberación: por su cantidad difícilmente la democracia les habría librado del yugo, e incluso si tal cosa hubiera sido posible probablemente no habrían elegido una política que los liberara realmente mediante derechos de propiedad sobre su cuerpo y por añadidura de sus herramientas de producción y/o su fuerza de trabajo. El conjunto de los hombres libres (y luego también ciudadanos) se trataba de una “casta” abierta, dedicada mayormente al trabajo particular: comerciantes, agricultores y artesanos, que sin embargo podían combinar sus negocios -en proporción a su nivel económico- con el ocio intelectual. No se trataba, como en Esparta, de una casta cerrada colectivamente organizada y dedicada al servicio militar. Su poder sobre la burocracia también era total, pero el poder ejercido que ejercía sobre sí misma a través de dicha burocracia era casi nulo (y la política apenas estaba burocratizada). Por supuesto no había nada parecido a garantías o libertades individuales, pero estas existían en grado limitado, y la limitación que el individuo permitía eventualmente se ejerciera sobre su libertad no derivaba de la subordinación totalitaria de la vida privada a su propio poder político, sino que era una limitación no racionalizada ni planificada, de origen cultural (cultura cuya aceptación, en tanto no alienante de sus individualidades, mantiene cierto carácter “voluntario”, y por otra parte, como sucede con casi todas las culturas primitivas, incluso las más totalistas, posee un origen espontáneo), que no se internalizaba a nivel individual a través de la coerción de sus congéneres (aunque la cultura misma actuara luego, naturalmente, en forma coercitiva), con lo cual vida privada y vida pública convivían sin necesidad de mayores sacrificios, ya que dicha casta, en general, abandonaba el trabajo y el mundo económico, en reemplazo de la propia política. Esto hacía que la democracia no involucionara totalitariamente.
Los grupos sociales mayormente dedicados a la economía podían a la vez usufructuar de su riqueza. Esto daba a las mismas otro espacio, diferente en calidad pero casi igual en cantidad, de espacio privado, para desarrollar mercados mayormente libres y en la mayor parte de los casos una fructífera vida comercial, tanto dentro como fuera de sus fronteras. La igualdad de la participación pública no implicaba igualdad de riquezas particulares, ya que el poder público no pretendía dirimir toda la vida privada, sino sólo el encuadre de la vida social. El problema implicado en la democracia participativa, que surgió más tarde, posterior al período desde el que nos habla Pericles, fue diferente al espartano. No fue atacado lo privado en nombre de lo público, sino que la sociedad ateniense se transformó en una disputa continua de los particulares por el poder público para ver asegurados sus propios derechos. La arbitrariedad democrática fue una espiral de la que participaron sus propias víctimas. La involución no fue totalitaria: de absorción de lo privado por lo público, cosa posible en una casta militar, sino meramente caótica: lo privado reclamaba sus derechos a través de lo público anulándose a sí mismo, cosa posible en una casta que se dedicaba a la vez al ocio como a lo económico, y esto llevaba a lo que hoy llamaríamos mercantilismo: lucha permanente por conseguir privilegios concedidos a particulares que dependen del poder político pero del cual no pueden tener cada uno control absoluto y erigirse en oligarquía estable (sea política o económica). Esta situación resultaba en “una hipertrofia de la política en correspondencia a una atrofia de la economía”[3]. Fue en ese momento cuando la paradoja terminó por explotar. Pero el contexto, que analizaremos al comparar los discursos de Pericles y Sócrates, es todavía diferente, y las paradojas se manifestaban casi silenciosamente entre líneas, entre sus propias palabras.



2. El poder de la Ciudad-Estado y la fuerza militar. Nexos de causalidad con la libertad y la democracia en Atenas.


Ya podemos, pues, adentrarnos un poco en el Discurso Fúnebre de Pericles (y en parte también en la Apología de Sócrates). Veremos cómo, la causa de que el poder de la ciudad-Estado resultara indistinto al beneficio para la libertad de sus habitantes, parte, en mayor o menor grado, del desconocimiento antiguo de la distinción entre sociedad política y sociedad civil (y cabe aclarar algo del capítulo anterior de este ensayo, a saber que esta distinción puede hacerse aunque todos los ciudadanos se dediquen a la política, ya que la dimensión social de un hombre -en el sentido de las múltiples interrelaciones individuales que son objeto de la política- no es idéntica a su dimensión política -cuyo mundo es el poder que afecta a toda la sociedad-).
Está claro, para empezar, lo siguiente: para Pericles la grandeza de Atenas depende de ambas: democracia y poderío militar. La cuestión es que, sin duda, para él la democracia y la libertad hacen posible el poderío militar y no a la inversa (claro que el poder militar es importante para salvar la democracia y la libertad, pero no son condición suficiente sino necesaria). Eso sí queda claro. Lo que no queda muy claro es cómo tomar en cuenta las dos opciones al interpretar el discurso de Pericles: 1) la democracia es un medio para el fin del poderío militar, o bien 2) el poderío militar es un medio para el fin de la democracia. Si por "medio" entendemos la "condición necesaria y suficiente de existencia" entonces en Atenas la democracia es medio del poderío militar. Si por "medio" entendemos el "instrumento para otro objetivo superior" entonces el poderío militar de Atenas es un medio para preservar la libertad y la democracia. Creo que la solución es decir que ambos son medios y fines entre sí, pero que de la democracia deriva el poder militar que a su vez salva a la democracia misma (pero que no hace a la existencia de la democracia en sí), y si es así, entonces, el poder militar es condición necesaria de la democracia (para salvaguardarla), pero la democracia es la condición suficiente del poder militar de Atenas (y -cabe agregar- necesaria del mayor poder militar de Atenas).
Hagamos entonces una síntesis entre el engrandecimiento de la ciudad-Estado y el aumento de su poder militar, y veamos cómo conecta Pericles la grandeza del Estado con la del ciudadano individual. En cierta medida el de Pericles es un nacionalismo individualista (me arriesgo a afirmar que tiene similitudes en el tipo de fundamentación y de retórica a la de los “republicans” americanos durante la Guerra Fría[4]). Por momentos pareciera que para Pericles el mejoramiento de los individuos es lo que mejora al Estado[5]: cuando habla de la libertad del mercado de los atenienses, su apertura al libre comercio hacia al exterior, la tolerancia en la vida pública y privada, el pluralismo de ideas, etc., pero cuando habla de los servicios que da la ciudad a los individuos y por qué vale la pena sacrificarse por ella, entonces parece que considerara que del engrandecimiento de la ciudad-Estado dependiera el mejoramiento de los individuos. Creo que, aunque no parezca, se trata de lo primero, y aquí es donde aparece una de las primeras paradojas, siendo su mentalidad más nacionalista que individualista. En realidad lo que permite la ciudad-Estado es el engrandecimiento de los individuos: nunca dice Pericles que los individuos puedan desarrollarse mejor en su vida privada y pública si aumenta el poder de la ciudad-Estado, sino que el aumento de tal poder sirve para garantizar mejor el respeto a ese crecimiento, con lo cual implícitamente dicho poder no aumentará como consecuencia de la intervención en la vida de sus ciudadanos sino del crecimiento cualitativo y geográfico, esencialmente en el aspecto militar. Pero como la confusión entre vida privada y pública permanece, no es raro que Pericles considere que el sacrificio del individuo por la colectividad es más meritorio que el éxito individual, y que incluso borra el daño de malas actividades privadas. La indistinción entre servicio público a la ciudad y beneficio privado sucede porque la interpretación del beneficio personal no es individualista en todos sus sentidos. Si el autodominio de la democracia participativa se confunde con la libertad privada, es entendible que también se confunda el sacrificio por la colectividad con una forma de beneficio individual, y que la felicidad personal se reduzca a una virtud en el sacrificio por quien permite mi libertad, pero no como recompensa, sino porque en sí misma la ciudad es mi felicidad, de la misma forma que la democracia para Pericles es la libertad, y no porque defina a la libertad como participación en el poder (él diferencia la vida pública de la vida privada), sino porque simplemente las asocia en forma indistinta, sencillamente le resultan inseparables: la autonomía individual depende de la colectiva, la virtud personal de la virtud ciudadana, etc. En cambio, en Sócrates[6], la visión apolítica de la virtud del individuo como un fin en sí mismo, independiente de su función social, y por ende relacionado necesariamente con el individuo como fin en sí mismo y en su relación con el mundo (la virtud moral) tiene implicancias políticas que nadie en aquel momento, ni siquiera él mismo, llegó siquiera a entrever. Pero esto nos lleva al siguiente capítulo.



II. Logos y civitas


3. ¿Individuo virtuoso o sociedad virtuosa? Dos perspectivas éticas, políticas y escatológicas


Es hora de entrar a comparar ya las posiciones de Pericles y Sócrates. Vistas ya cuales son las paradojas que se producen por la indistinción entre individualidad y ciudadanía, podrán entenderse mejor las paradojales diferencias que podemos encontrar entre la actitud positiva y vital de Pericles sobre la vida (e incluso sobre la muerte como paso a una trascendencia colectiva a través de la ciudad), y la postura socrática, más profunda, cuando no trágica, sobre la futilidad de la vida frente a la trascendencia individual (en sí misma). La virtud de Sócrates es por un lado moral y por el otro principista, la virtud de Pericles es por un lado heróica y por el otro consecuencialista. El parámetro de la virtud en Sócrates es la vida en el logos, en Pericles es la vida en la civitas. La consecuencia de estas dos perspectivas éticas se refleja a nivel político: Pericles confía en Atenas en función de Atenas, Sócrates desconfía de Atenas en función de la verdad. Para Sócrates la actitud de Pericles transforma al medio en fin.
Ahora bien: ¿no resulta una interesante paradoja que, centrándose Sócrates en la virtud de la persona se olvide de lo que a ésta le beneficie? Sócrates desafía a la democracia ateniense y es víctima de ella, pero sin embargo no lo hace desde un reclamo de autonomía individual, aunque la búsqueda socrática de la verdad requiera de dicha autonomía y de una solitaria privacidad. ¿Por qué? Porque si la búsqueda del honor individual es llevado a la categoría de virtud en función de una “ciudad virtuosa” a expensas de un individuo virtuoso, entonces tal virtud cívica le resulta pura superficialidad y búsqueda de éxito, frente a la virtud moral de un despertar existencial del ateniense frente a ese mundo, mucho más vasto que las apariencias, del ser en el logos. La ética de Sócrates ya comienza a perfilarse monástica, pero esto es en parte porque no ve ninguna relación entre el problema de la indistinción entre derechos individuales y participación política. Los males presentes que la vida privada sufre por su politización y afán sofístico de buscar el convencimiento de los otros propio de una sociedad tendiente a la demagogia, en la que los derechos cada vez más dependen del mayor grado de influencia política, no es adjudicado a un mal criterio democratista-populista que aliena la vida privada, sino al hombre en tanto tal, cuya esperanza de vida mejor termina encontrándose en un eterno dormir en la nada, o en el Hades. No es que Sócrates hubiera cambiado de actitud ante el conocimiento del problema de la diferencia entre la “libertad de los antiguos” y la “libertad de los modernos”, pero sin embargo su postura de que “es preferible sufrir la injusticia que cometerla” habría afectado en forma diferente su apreciación de lo político, ya que un cambio virtuoso del hombre hacia la búsqueda de la verdad también habría implicado una percepción diferente de cómo una ética personal requiere como corolario un reconocimiento de los derechos y dignidades de cada persona, reconocimiento universal y verdadero que implicara en gran medida una forma de derecho natural (racional y por ende válido para -y comunicable a- todos), de la relación de reciprocidad entre el individualismo, el pluralismo, el diálogo, el reconocimiento de la posibilidad de cometer errores (contra Protágoras), y la búsqueda de la verdad. Sócrates no descubrió las consecuencias políticas de su propia ética; lo haría un tal Karl Popper muchos siglos después. Tal vez Sócrates habría visto el origen virtuoso de ese espíritu individualista civilizador -que Pericles sólo percibía en la ciudad- al diferenciar sus verdaderas causas.



4. Discrepancias paradojales de apreciación del éxito privado y comercial y del servicio público y político


El giro antropocéntrico de Sócrates, y su preocupación por la vida del hombre común contra los filósofos naturalistas, no influyó, sin embargo, positivamente en su aprecio por las actividades del mismo, tanto políticas como económicas, y en especial las económicas. Esto es paradójico siendo este individualista. En Pericles, en cambio, el valor de un hombre era su participación en la ciudad, y, sin embargo, era para él muy valorado (y en parte su valoración de la propia ciudad era medida con estos cánones) el mundo de la vida privada, del éxito económico y de la riqueza. Y esto es aun más paradójico siendo este nacionalista. La paradoja puede explicarse, nuevamente, apelando a lo argumentado en los dos primeros capítulos de este ensayo, por lo cual bastará con hacer algunas citas comparativas, y luego reflexionar brevemente sobre las mismas.
En su apología Sócrates rechaza el beneficio individual mundano por el espiritual y dice:
‘Querido amigo, que eres ateniense [esto es] de la ciudad más poderosa y de mayor fama en cuanto a sabiduría y fuerza, ¿no te avergüenzas de preocuparte por su fortuna, de modo de acrecentarla lo máximo posible, así como a la reputación y a la honra, mientras no te preocupas ni reflexionas acerca de la sabiduría, de la verdad y del alma, de modo que sea mejor?[7]
Mientras tanto Pericles, que se supone menos individualista, reconoce el valor que para cualquier fin individual tiene la propiedad (el cual Sócrates no descubre aunque utiliza -ver debajo-) y la responsabilidad que de esta deriva:
Gustamos de la belleza con sencillez y de la especulación sin incurrir en molicie, recurrimos a la riqueza por la oportunidad que da de actuar, más que por vanagloria, y en cuanto a la pobreza, para nadie es vergonzoso confesarla sino que es más vergonzoso no intentar salir de hecho de ella.[8]
Ahora veamos como Sócrates sí tiene una postura individualista a nivel político, y se rebela contra la democracia protegiéndose en el ámbito privado:
Porque no existe hombre que sobreviva si se opone sinceramente sea a ustedes, sea a cualquier otra muchedumbre, y trata de impedir que llegue a haber en la ciudad mucha injusticia e ilegalidad, sino que, para quien ha de combatir realmente por lo justo, es necesario, si quiere sobrevivir un breve tiempo, actuar privadamente, pero no en público.[9]
Podemos, por ejemplo, leer las loas de Pericles al pluralismo de la democracia ateniense que Sócrates afirma es inexistente e imposible:
Actuamos libremente no sólo en las actividades públicas, sino que incluso en los recelos mutuos que se originan con el trato cotidiano, no nos enfadamos con el prójimo si hace su gusto, ni ponemos mala cara, lo que si no es un castigo, sí es penoso de ver.[10]
Sócrates describe con claridad la democrática tiranía de las mayorías egoístas, pero no opone a la misma una exigencia de derechos personales (que supuestamente existían para Pericles):
En esa ocasión yo, el único entre los pritaneos, me puse a hacer nada contra las leyes, y emití un voto en contrario. Y cuando los oradores estaban dispuestos a denunciarme para hacerme arrestar, y ustedes daban órdenes y gritos, estimé que era necesario correr los riesgos del lado de la ley y de la justicia, antes de ponerme del lado de ustedes queriendo cosas injustas, por temor a la prisión o a la muerte.
Y estas cosas pasaban cuando en la ciudad regía la democracia.[11]
Pericles parecía valorar la riqueza pero luego somete a los pleitos privados a la regla de “un hombre, un voto” que en una democracia sin límites lleva a una igualación injusta, por un lado, y por el otro a la arbitrariedad popular:
En cuanto a su nombre, al no ser objetivo de su administración los intereses de unos pocos sino los de la mayoría, se denomina democracia y, de acuerdo con las leyes, todos tienen derechos iguales en sus pleitos privados; en lo que hace a la valoración de cada uno, en la medida en que se goza de prestigio en algún aspecto, no es preferido para actuar en los asuntos públicos mas en razón de pertenecer a un grupo determinado que por sus méritos, ni tampoco, en lo que hace a la pobreza, es un obstáculo lo obscuro de su reputación, si puede beneficiar a la ciudad.[12]
Sócrates ve como esto llega a la violación de sus propios derechos, que en Atenas eran tanto cívicos como políticos, lo cual rompe con la igualdad para poder lograrla, pero no plantea una rebelión abierta de la minoría disidente (aunque sí encubierta como antes vimos) porque su planteo individualista se centra en la virtud personal y entonces considera peor mal la injusticia para el que la comete, lo cual es loable si se arbitraran los medios para que evitar sus consecuencias:
Creo que se me puede condenar a muerte, o desterrarme, o despojarme de derechos cívicos. Pero si bien este [señor] o cualquier otro sin duda cree que esas cosas son grandes males, yo no lo creo sino que [me parece] mucho peor hacer lo que el hace ahora: tratar de condenar a muerte injustamente a un hombre.[13]
Volviendo a la actitud sobre la riqueza, Pericles antepone la causa militar de la patria ante todo interés privado, subordinando -eventualmente- el individuo a la colectividad:
A mí me parece que el primer indicio del mérito de un hombre y la confirmación última es el fin de éstos, pues en favor de quienes son peores en otros aspectos, es junto anteponer su valentía para la guerra en defensa de la patria ya que, al borrar un daño con un beneficio, ayudaron colectivamente más que [cuanto] perjudicaron con sus actividades privadas.
Ninguno de estos fue cobarde por preferir el disfrute de la riqueza ni rehusó el peligro por la esperanza que hay en la pobreza.[14]
Pero -continuando con Pericles- este olvido del beneficio personal es parte del sacrificio eventual por una sociedad que posibilita dicho beneficio. Más allá de esta contradicción, que hoy deberíamos ver simplemente como la idealización de una solución tal vez incorrecta a un problema de "externalidades positivas", él no subordina -o promete no subordinar- al individuo a la causa de la colectividad (precisamente porque parte de la causa de la colectividad ateniense es que esa subordinación no exista), al punto de defender posturas que hoy día llamaríamos precursoras de ideas del liberalismo clásico que Constant consideraba monopolio de la modernidad, en cuestiones de comercio exterior cabalmente antiproteccionistas e incluso contrarias al nacionalismo cultural populista:
En nuestra ciudad entra por su importancia cualquier mercancía desde cualquier punto de la tierra, y se da el caso de que los productos originados aquí no los disfrutamos como más propios que los que proceden del resto de la humanidad.[15]
Pericles incluso exalta el lujo privado…
Desde luego, hemos dedicado a nuestro espíritu muchísimas pausas de nuestro trabajo, consagrándole certámenes y fiestas sagradas a lo largo de todo el año y lujosas instituciones privadas, con cuyo cotidiano deleite se aparta lo penoso.[16]
…pero luego lo menosprecia en nombre del propio militarismo:
En cambio, cuantos habéis superado la edad de ello, pensad que vuestra ganancia es haber vivido dichosos la mayor parte de vuestra vida y que esta será breve; aliviaos también con el renombre de éstos, pues el ansia de honores es lo único que no envejece, y no agrada más en la época inútil de la vida el lucro, como algunos creen, sino el recibir honores.[17]
Y Sócrates, en cierta forma, coincide, pero donde antes leíamos “honor” ahora podemos leer “virtud”:
En efecto, no hago otra cosa que ir de un lado a otro persuadiéndolos a ustedes, sean jóvenes o ancianos, de no preocuparse por [sus] cuerpos ni por [sus] fortunas sin antes atender intensamente a su alma, de modo que llegue a ser perfecta; diciéndoles que no es de la fortuna que nace la perfección, sino de la perfección que [nace] la fortuna y todos los demás bienes para los hombres, en forma privada o pública.[18]
¿La fortuna monetaria, o bien física? ¿O la fortuna espiritual? No queda demasiado claro.
Tal vez mi proceder en este apartado sea demasiado analítico. Es posible. Sin embargo creo que ni siquiera se contradice con ambos mensajes tomados como totalidades, que dejan, si no se procede a viviseccionarlos, un fuerte sabor a ambigüedad frente a la que se supone sería la actitud general de sus autores.



Conclusión


Diferencias e indiferencias entre Sócrates y Pericles: una solución plausible


Creo que la solución a la paradoja es comprender que la actitud apolítica de Sócrates y tan profundamente política de Pericles no tiene relación con una postura individualista del primero y una nacionalista del último. No es éste el eje de la cuestión, y debido a esto mismo es que la apreciación que estos tienen de la vida privada y de la vida pública son realmente paradojales. La solución creo que es esta: si bien Pericles es más nacionalista que individualista, el producto inintencionado de unir la valoración por el pluralismo y la libertad personal con el mundo del beneficio privado y esto a su vez con el orden democrático ateniense, lo hace defender el éxito económico y la apertura hacia el exterior, y si bien Sócrates es más individualista que nacionalista, el producto de unir su desprecio por el interés utilitario en la búsqueda de la verdad en función del poder político, con el mundo del comercio y la posesión de riquezas, y esto a su vez con el mundo político democrático, lo hace atacar al éxito económico y al libre intercambio de ideas, ambas características que promoviera la sofística ante la necesidad de aquellos que estaban excluidos del poder político de incorporarse a una nueva forma de grandes niveles de participación, en los cuales el debate público a gran escala y la búsqueda de popularidad eran ambos elementos interdependientes e indispensables (sea en el democratismo desigualitario de la reforma de Solón o en el democratismo igualitario de la reforma de Clístenes, ambos, en tanto políticos, igualmente colectivistas en el ámbito público, y ambos, en tanto pluralistas, igualmente individualistas en el ámbito privado).
La fusión entre la apertura comercial de la vida económica y la apertura democrática de la vida política si se da en una sociedad en la que no hay distinción entre libertades privadas y participación pública -donde la misma idea de republicanismo doctrinario es todavía inimaginable- lleva a la confusión intelectual de los elementos de ambas esferas, sea que se considere a estos elementos positivos o negativos. En la práctica esto degenera en que la disputa por los diferentes intereses particulares se resuelva con una lucha por cuotas de poder que no devuelve a las partes un derecho cabal sobre sus asuntos privados, burocratizando la vida económica y politizándola. Y esto a su vez tiene una contrarrespuesta al nivel del pensamiento político que desconoce la solución republicana: que las propuestas para resolver las disputas y los conflictos que se dan entre los diferentes intereses particulares y políticos sean profundamente negativas: para el mundo de los negocios, privar a los individuos de derechos políticos; para el mundo del poder, privar a los individuos de derechos económicos. Esto fue claro en Platón, y en su modelo ideal: la sociedad espartana.
Era casi imposible para Sócrates garantizar la convivencia entre democracia y ley, y era casi imposible para Pericles que la democracia involucionara a la arbitrariedad entre y contra la esfera económica de los intereses privados. Para excluir a los intereses individuales del ideal de una persona virtuosa, y a las individualidades de la participación en el poder político, Platón consideró una solución protofascista. Pericles ignoró el problema y confió erróneamente la libertad personal a la sabiduría popular, y confió la igualdad ante la ley a una democracia sin límites legales. Sócrates no superó el problema y desconfió erróneamente de los particulares por las culpas de un populismo demagógico que ignoraba la posibilidad del pueblo de equivocarse, y despreció tanto la retórica política como al mundo de las riquezas. Por eso, paradójicamente, en los hechos, Sócrates fue un individualista que no propugnaba el enriquecimiento de los individuos ni admiraba los logros personales (sin darse cuenta que, a pesar de la masividad plebeya de dicha clase, era el marco  institucional y socioeconómico de ésta el que protegía a los individuos de la colectividad), y Pericles fue un demócrata economicista que no aseguraba la libertad pública y el disenso que hace posible la misma democracia (aunque la protección de tal libertad, a la vez, requiriera de legitimar ese espacio privado cuyo patrimonio admiraba y que no llegó a ver era la frontera que protegía a los ciudadanos de su propio poder). La contradicción era relevante pero aun inconsciente. Pericles admiraba ese mundo comercial que favorecía el pluralismo pero que cuyos resultados no eran igualitarios, mientras que Sócrates, pluralista por principio, despreciaba al logos de la economía que lo hacía posible. No era coincidencia.


[1] Giovanni Sartori, ¿Qué es la democracia?, Taurus, Buenos Aires, 2003, p. 210
[2] Cfr., Vicente Gonzalo Massot, Esparta. Un ensayo sobre el totalitarismo antiguo, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1990
[3] Giovanni Sartori, Ob. Cit., p. 207
[4] Cfr., Richard Nixon, La verdadera guerra, Editorial Planeta, España, 1980, pp. 263-280
[5] Cfr., Pericles, Oración fúnebre, p. 185
[6] Cfr., Platón, Apología de Sócrates, pp. 145-152
[7] Ibidem, p. 149
[8] Ob. Cit., p. 184
[9] Ob. Cit., p. 154
[10] Ob. Cit., p. 183
[11] Ob. Cit.
[12] Ob. Cit.
[13] Ob. Cit., pp. 150-151
[14] Ob. Cit., p. 186
[15] Ibidem, p. 183
[16] Ibidem
[17] Ibidem, p. 188
[18] Ob. Cit., p. 150

martes, 18 de abril de 2006

El constructivismo postmoderno como excusa de una izquierda premoderna

Como hice en mi post anterior, voy a publicar una crítica filosófica, y en parte política, que fuera parte de un ensayo propio, en este caso al artículo "¿Qué es la filosofía?" de Deleuze y Guattari. Cabe aclarar que la crítica es a dicho trabajo de estos autores, y a lo que del pensamiento de estos autores esté representado en el mismo. Ni más, ni menos. En cuanto a mi blog, prometo que con más tiempo volveré a mis escritos habituales. 

  

  Crítica a la filosofía como construcción

La filosofía como mera construcción (o, si se quiere, creación, aunque no signifique lo mismo), es el reverso de la filosofía como mera contemplación a la Jaspers[1]: en una cara contemplamos sin comprensión racionalizada, en la otra razonamos para crear posiciones contrapuestas con respecto a una realidad que no sólo se desconoce sino que se “crea” en “conceptos”. Deleuze y Guattari nos presentan a las posiciones filosóficas relativas entre sí para competir por el gran amor: una “sofía” que no es otra cosa que el monopolio de su representación mediante el concepto, y que para el final de su artículo[2] termina evaluándose a su vez según criterios metafilosóficos, pero cuya base es, se quiera o no, a su vez filosófica. Las dos caras de la misma moneda comparten entre sí una suerte de relativismo en común, y en el caso de Deleuze y Guattari se adorna este relativismo con una crítica más dialéctica que realista, saturada de retórica pomposa y casi petulante.

Volviendo al artículo, creo que la idea de filosofía como construcción que nos presentan sus autores debe ser aclarada antes de ser criticada. Parece ser que “la filosofía” sería, según estos, no un sino el “arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos”. Ese sería el lugar de los filósofos; los demás cumplirían la función de usar de los conceptos. En fin, todo esto me parece retórica vaga, algo confusa y sin mayores fundamentos, pero debemos manejarnos con lo que tenemos: no pidamos precisiones weberianas. Veamos entonces: ¿qué sería formar-inventar-fabricar conceptos? A esta pregunta los autores apenas contestan admitiendo que no les importa haberlo dicho bien o sido convincentes[3], sino que bastaría con los “personajes conceptuales” que contribuirían a su definición… ¡qué suerte! Los personajes “conceptuales” serían -oh, sorpresa- los creadores de conceptos, o sea: los filósofos, o como prefieren decir ellos: “los amigos del concepto”, a veces incluso “conceptos” en potencia (a la vez amantes, o bien, pretendientes y rivales, quien sabe: todo depende de si consideran polígamos a los amantes o polígama a la sabiduría mientras ellos no lo saben). Aquí entonces filosofía sería a la vez sinónimo de concepto y a la vez el arte de los “amigos del concepto” de crear conceptos. Retórica vacua aparte, esto es todo lo que nos queda: poco y (de) nada. Sin duda, si de esto se trata la filosofía, los autores se comportan como verdaderos filósofos según su propia definición: crean conceptos vacíos de contenido que apenas conservan algo de la sustancia (la que pueden) debido a que la transmiten necesariamente mediante palabras (si usaran un metalenguaje telepático seguramente optarían por el mutismo). Sin duda, ellos como “personajes conceptuales” contribuyen al conocimiento de lo que definen por filosofía: crear conceptos con independencia de su contenido real o de su validez (y si intentamos seguir a los autores estos “conceptos” serían las ideas clave de una doctrina filosófica: los “conceptos filosóficos”, y no los conceptos en sentido amplio, conceptos estrictamente hablando por mucho que los autores lo nieguen[4], ya que de otra forma todos serían filósofos en el momento mismo de conceptualizar cualquier cosa: desde un triángulo hasta una vaca). Pareciera ser que la idea está en crear conceptos “nuevos”, pero nuevamente, cuando un científico conceptualiza por primera vez un quark cima o un agujero de gusano, sin lugar a dudas está creando un “concepto”, pero ciertamente no podemos decir que esté haciendo filosofía. A este paso creo que menos podríamos decirlo de los autores citados, así que intentaré en aras de la brevedad y de mi paciencia ir a donde creo -¡creo!- está lo que sin duda sería el error de los autores: se crea, no sólo de la nada (que sería lo de menos y hasta algo maravilloso) sino que se crea con la nada. Los conceptos tienen una fuerza contenida por el sólo hecho de ser conceptos. Y admiremos su reconocimiento[5]: no hay contemplación ya que lo contemplado sería el concepto mismo creado que no contempla nada sino a sí mismo: las cosas empiezan a verse luego de ser conceptualizadas y no antes. O sea, un anti-realismo y un falso conceptualismo filo-nominalista[6] al fin: se piensan cosas y luego se ven. Y los autores no se detienen aquí, ya que tajantemente afirman que no sólo la filosofía no se define por contemplar, sino que ni siquiera contiene la posibilidad de contemplar: “La filosofía no contempla, no reflexiona, no comunica, por más que haya creado conceptos para esas acciones o pasiones”[7]. Reducido así el término "concepto" a los solos conceptos filosóficos, luego particularizado, más tarde abstraído de todo contenido de realidad, y finalmente alienado de todo contacto con los universales, los conceptos nuevamente no pueden ser comparados de ninguna forma en ninguna arena filosófica, ni por experiencia posible o intuición[8]. Si volvemos unos renglones más arriba veremos que en esto, finalmente, no se distancian -paradojas aparte- de Jaspers cuando nos decía que la filosofía no puede luchar ni probarse. Es así que la conceptualización es el arte de crear nociones -si cabe el término- caprichosas, pero todos los otros ámbitos creativos ya no formarían conceptos. De golpe, científicos y artistas quedarían fuera de este “arte de no hacer nada” que sería formar conceptos. Y se preguntan luego los autores -no es para menos-, con su concepto de filosofía recién venido al mundo, maltrecho y mutilado, ciego, sordo y mudo, que han engendrado sin un verdadero filosofar: “¿por qué es preciso crear conceptos, y siempre nuevos conceptos, bajo cual necesidad, para qué uso?”[9] (véase la redundancia entre crear conceptos y aclarar que son nuevos). Claro ¿para qué filosofar si no hay contemplación? Si filosofar no puede ser ya un fin sino un medio para hacer “nadas creativas” pero funcionales, entonces la pregunta no es, ciertamente, errada (sólo malintencionada). La respuesta no se hace esperar: por la rivalidad entre pretendientes de la “sofía”. A los autores no les molesta la idea de cometer ningún error (¿cómo podrían?) cuando nos dicen claramente que jamás tuvieron problemas “respecto a la muerte de la metafísica o con la superación de la filosofía: son inútiles, penosas necedades”[10], pero, pregunto, si para ellos crear conceptos es el trabajo de los filósofos, entonces ¿aceptarían ellos que puede haber un mundo sin conceptos? (imagino que podrá haber un mundo sin filósofos, o sin Deleuze y Guattari). Más aún ¿con qué símbolo significante llamarán al concepto luego de la muerte de la filosofía creadora de conceptos? ¿O empezaremos a llamar filósofos a todos por el solo hecho de poder formar en sus mentes lo que otrora se llamaban conceptos? Como vemos, la posición que pretende reducir la filosofía a un mero constructivismo caprichoso termina creando filósofos a la medida de sí misma. Filósofos, si así se los puede llamar, o si así quieren que los llamen, lo cual no tiene mucho sentido, siendo que desprecian los conceptos filosóficos y de hecho ellos no han creado ninguno, al menos no en este artículo, con lo cual ¡no han hecho, en sus propios términos, filosofía! [...]

Finalmente los autores teatralizan un escándalo cuando hablan de la mercantilización del concepto (como ellos lo entienden) por parte del marketing. Los derroteros que han tomado los han llevado a una conclusión delirante, y es así que disfrutan de lo que creen es la destrucción revolucionaria de la filosofía en manos de la publicidad comercial. Y de pronto es que, como la cereza agria del postre, nuestros revolucionarios nominalistas en su, pareciera ser, primitivista filosofía política, ponen el grito en el cielo rogando una contrarrevolución en lo que creen sería un proceso histórico: el “concepto”, esto es, la “filosofía”, tendría así tres edades: la “enciclopedia” [sic], la “pedagogía” y la “formación profesional comercial”[11]. (¡La filosofía empezando por la enciclopedia! Creo que los autores no deben haber notado semejante incongruencia luego de haber repetido el nombre de Platón a lo largo del artículo.)

Finalmente terminan su argumentación intentando “desesperadamente” salvar a la filosofía del desastre absoluto: el “mercado de consumo”, cuando renglones antes habían dicho les importaba muy poco su muerte. ¿Confusión o mera hipocresía? Sin duda sí anticapitalismo visceral, y ridículo: en nombre de la filosofía debemos luchar contra la publicidad, para así quitar al “concepto filosófico” (que ellos llaman ahora concepto) de las manos de los beneficios sociales del “punto de vista del capitalismo universal”. Para finalizar los autores nos regalan un poco del relativismo interpretativo de acuerdo a un polilogismo[12] que debería ser historicista pero cuyas ruedas históricas pretenden detener. A título personal debo decir que, -y esto se relaciona directamente con el tema de este trabajo- adhiero a la opinión de que el llamado “postmodernismo” pasará a la historia, salvo honrosas excepciones, como una triste moda[13], cuyo único mérito habrá sido destruir a Hegel, como los cuervos sacan los ojos de su criador, pero dejándolo vivo con sólo lo malo. Entonces, junto con éste, destruirán a la modernidad misma.[14] La realidad, mal que les pese, es que los destructores de la filosofía son ellos, y no el mercado. O, más propiamente, son ellos la parte del mercado que se dedica a destruirla, y a consciencia. Ya por el contenido y no desde el contexto.

Quedémonos entonces con la comprensión de cual es el error de la médula cuasi solipsista[15] que implica la “filosofía como construcción” y liberémonos entonces de los detalles del artículo, aunque los mismos nos hayan servido para entender por qué la crítica a la “filosofía como construcción” debe estar cargada de un carácter de fuerte reflexión que no excluya el de oposición, al menos en este caso[16]. Seguramente el constructivismo postkantiano pueda entenderse de muchas maneras sin caer en un solipsismo si se aplica a áreas donde podamos evaluar realidades exteriores (la existencia de los psiquismos humanos, por ejemplo) en las cuales la construcción ocupe parte necesaria del mundo perceptual (la carga emocional y afectiva asociada a datos empíricos sobre el mundo interpersonal), pero este análisis, en última instancia filosófico, sólo puede hacerse estando parados sobre la realidad ontológica, y no desde fuera de ella.


[1] Cfr. Karl Jaspers, La filosofía, Bs. As., Fondo de Cultura Económica, 1980, passim.

[2] Cfr. Gilles Deleuze y Felix Guattari, ¿Qué es la filosofía?, Rev. Caronte, Bs. As., Altamira, año 1, nº 1, octubre 1992., p. 50.

[3] Cfr. Ibídem, p. 42.

[4] Cfr. Ibídem, p. 44.

[5] Cfr. Ibídem, p. 45.

[6] Cfr., J. A. Casaubón, Palabras, Ideas, Cosas, Buenos Aires, Candil, 1984, pp. 63-82.

[7] Cfr. Gilles Deleuze y Felix Guattari, op. cit., p. 45.

[8] Cfr. Ibídem, p. 46.

[9] Cfr. Ibídem, p. 47.

[10] Cfr. Ídem.

[11] Cfr. Ibídem, p. 50.

[12] Cfr., Ludwig von Mises, Teoría e historia, Madrid, Unión Editorial, 2003, passim.

[13] Cfr., Alain Finkielkraut, La derrota del pensamiento, Barcelona, Anagrama, 1987, pp. 130-137.

[14] Cfr., Juan José Sebreli, El asedio a la modernidad, Buenos Aires, Sudamericana, 1995, passim.

[15] Cfr., Karl R. Popper, Realismo y el objetivo de la ciencia, Madrid, Tecnos, 1998, pp. 120-132.

[16] Ya sabemos que la palabra “crítica” tiene en su origen un sentido realista y no dialéctico, ya que esta es otra palabra que ha sido cambiada de significado junto con ideología: ideología antes significaba un conjunto orgánico totalizador de la realidad e interfuncional de ideas, y ahora se traduce por racionalización legitimante como producto cultural inconsciente de las estructuras de un grupo social con respecto a otros (idea esta última que es producto del mismo pensamiento ideológico, e ideológico en el primer sentido, cuyo análisis retomaría Minogue en su Alien Powers: The Pure Theory of Ideology). La ideología, como en el caso del constructivismo filosófico citado, interpreta la realidad como construcción artificial y luego en nombre de reemplazar a los constructores y hacer partícipes a la totalidad en la construcción, se apodera de esa construcción volviéndola artificial, si bien no a la realidad en pleno, sí a la realidad social humana misma transformándola en un mecanismo totalitario. Dicho tipo de ideología puede lograr algo hasta que los ingenieros de esta su pseudo-realidad, chocan con las leyes sociales y económicas que son propias a la realidad misma, y adoptan entonces una posición de confrontación más propia del viejo radicalismo político en pos de una ingeniería social, frente a la cual el constructivismo revolucionario posee, como bien describiera una vez Claudio Uriarte, un «código genético que es una militancia activa y decidida para ignorarla». La ideología opera entonces cambiando subrepticiamente de significado a los significantes, arte gramsciano en el cual ha evolucionado mucho. Jacques Ellul explicaba en Autopsia de la Revolución cómo «los comunistas que utilizan las palabras justicia, libertad, democracia, etc., están perfectamente habilitados para hacerlo cuando se trata de propaganda, pero dejan radicalmente de ser marxistas si toman los términos en serio. En el plano intelectual, el marxismo implica respecto a la revolución una actitud puramente objetiva (científica) y en el plano moral un cinismo integral. A veces nos hemos indignado al ver luchas de clanes en los países marxistas, y entregar a la muerte a hombres que realmente eran sus amigos antes. (Mucho antes de Stalin, el abandono por Lenin de Rosa Luxemburg y Liebknecht es significativo). Pero esta indignación prueba que no se ha comprendido nada del marxismo. El mismo Lenin describe el oportunismo como (¡entre otras!) la actitud de los que modifican la conducta de la Revolución en función de sentimientos personales, amistad, odio, miedo, intereses... Al relacionarlo todo con el proceso histórico se produce ese cinismo en virtud del cual se puede hacer decir a las palabras exactamente lo contrario de lo que significan (y una parte de lo que hoy se llama crisis del lenguaje está en la difusión de este cinismo histórico). [...C]uando la historia se convierte en la clave de todo, el comienzo y el fin del sentido, entonces el hombre está más estrechamente desposeído de sí mismo que por el más exigente de los valores. Pues, a lo largo de la Revolución, se encuentra desprovisto de todo punto de referencia posible, salvo la interpretación misma de la historia [...] mientras que el bien y el mal, integrados en el tiempo, no señalan nada de bueno o de malo, sino que sólo una práctica designa la eficacia y la oportunidad». En cualquier caso, dudo mucho que los autores del artículo lleguen a lograr hacer un equívoco de la palabra “concepto”.

viernes, 17 de marzo de 2006

El relativismo subjetivista y el asedio a la libertad

Hoy voy a publicar una crítica a El existencialismo es un humanismo de Sartre. Se enfoca en la relación entre libre albedrío y libertad exterior, personalidad e individualidad, aunque en su momento la escribí como parte de un breve ensayo sobre antropología y filosofía. En la misma sobrepasé los límites del trabajo principal para resaltar ciertas connotaciones políticas.
En mi texto podrá verse cómo los consejos pseudolibertarios de Sartre son un resumen de toda una mentalidad muy presente en la actualidad, que en su momento fue proyectada al mundo través de movimientos contraculturales funcionales a la izquierda radical, y hoy día establecida como la "ética" sustituta para estas nuevas generaciones que, parece, son estandarizadas por los ministerios de educación en la soberbia positivista y el cinismo relativista -quién diría, las dos cosas juntas- como los únicos faros para navegar en el escaso contenido cultural del que dispone el nihilismo contemporáneo.
En apariencia la postura sartreana parece liberal, hasta individualista. No lo es, y eso pretendo demostrar.



Excurso: Sartre y la miseria de su existencialismo


Llamo a este acápite un excurso, porque no creo que lo que en este momento escriba sea esencialmente útil a este análisis. Sartre no ayuda en nada al propósito de echar alguna luz a la cuestión de la antropología ni a la de la libertad. Su método me resulta pueril cuando no nulo; sus conclusiones una prédica de agitación. Todo su escrito parece inundado de un sabor a milenarismo apocalíptico en su versión más barata. Debo reconocer que es muy poco lo que he leído de Sartre, y sin embargo me siento casi capacitado para decir, luego de haber leído El existencialismo es un humanismo, que ha quedado en mí muy poco respeto por su trabajo y casi ninguno por su alardeada buena fe (cosa que no puedo decir de Heidegger, a quien se le puede acusar, a lo sumo, de estar atrapado en las abstrusas –pero enriquecedoras– redes de su propia filosofía, pero nunca de descreer en la importancia de la pregunta por el ser).
El estilo panfletario del breve ensayo sartreano[1] tiene poco de original y mucho de parecido con la revulsiva prosa de Marx en el Manifiesto del Partido Comunista de 1848, y, para su pesar, poco de similitud –o nada– con las dotes literarias de aquel, ni con su ingenio narrativo para chantajear emocionalmente (Marx podía solapadamente hacer pasar la versión izquierdista de su amoral ética historicista hegeliana, como el problema de un sentido común humillado por la hipocresía dominante y ahora despertado por la propia revelación ideológica[2], cosa que Sartre intenta imitar pero no logra). El escrito sartreano, por un lado, no resulta mucho más que una suma de pedanterías intelectualoides y ataques ad hominem a manera de contestaciones a supuestas objeciones y, por el otro, se trata de una pretenciosa intención de revelar su propia “filosofía de vida” (con una mediocre versión del ateísmo e, incluso, de un supuestamente inevitable agnosticismo) como el necesario resultado de su propio escepticismo pseudo-paroxístico.
Sartre, a diferencia de Heidegger, hace que la coyuntura política (mundo de post-guerra) se vea implicada necesariamente en su propia deontología y eso lo vuelve fatalmente anacrónico. Heidegger era hitleriano y nacionalsocialista, Sartre era stalinista y comunista. Sin embargo el primero de estos existencialistas no ensució su pensamiento filosófico con sus propias ideas políticas. Es por eso que, por ejemplo, podemos apreciar su obra de la misma forma que podemos apreciar la dirección de Herbert von Karajan –otro nazi–, los análisis culturales y económicos de Spengler y Sombart, las novelas de un fascista como Pirandello, la lingüística de Noam Chomsky –que resulta en conclusiones contrarias al postmoderno relativismo cultural[3] e incluso a su propia simpatía por el antiamericanismo de dictadores estatistas del Tercer Mundo[4]–, así como la maestría en el arte del ajedrez y el genio literario de liberales-conservadores defensores de Pinochet, respectivamente Kasparov y Borges, y separar a ellos y a sus obras de sus propios tics autoritarios. Sartre, en cambio, hizo a los elementos de su militancia política y su filosofía en gran medida algo indisoluble y es por eso que ambos deben ser analizados simultáneamente, como se verá cuando se analice su posición “ética”.
A esta altura uno podrá preguntarse si es mi juicio negativo sobre la persona Sartre la que me imposibilita un juicio positivo sobre el Sartre filósofo. Pues bien, pasaré a viviseccionar su artículo y creo que la pregunta se contestará sola. Por supuesto puedo equivocarme. Veamos:
Sartre comienza haciendo una defensa de un movimiento que, propiamente, no existe, o no, al menos, como una construcción monolítica. El existencialismo es una catalogación inductiva y meramente nominal, y no una definición esencial, al punto que muchos dudan de si puede catalogarse a Heidegger como “existencialista” cuando toda su obra no se centra en realidad en la pregunta por la existencia sino en la pregunta por el ser a través de la ex–sistencia. Sartre en cambio, pretencioso, hace una hipóstasis de un término meramente instrumental transformándolo en una supuesta entidad real y luego pretende defenderla. Como es inevitable, su defensa no pasa a ser otra cosa que la apologética de su propia doctrina que él llama existencialismo por una razón que ningún otro existencialista comparte (el existencialista sería –para Sartre– aquél que cree que la existencia es previa a la esencia, en términos de la metafísica aristotélica). Quien deja bien claro que no lo comparte es Heidegger, que lo aclara explícitamente. Sartre se para así “sobre hombros de gigantes”, pero no les aporta altura filosófica y en cambio, sin ninguna humildad, intenta representarlos sediciosamente. En su bravuconada, sin embargo, se queda hablando solo y haciendo el ridículo.
La defensa de Sartre de su propia versión de lo que sería el existencialismo consiste en intentar ligarlo a una nueva forma de humanismo. Lo que hace, sin embargo, no es otra cosa que una versión renovada de la vieja interpretación del protagorismo, más que como un relativismo sociológico al estilo de la “sociología del conocimiento”, como un relativismo genérico, abarcativo para toda la especie humana, con todas las complicaciones casi irresolubles que esto conlleva[5].
Para empezar, y como sucede durante todo el escrito de Sartre, se confunden las cuestiones y, es así que ya la antropología sartreana comienza dando un gigantesco paso en falso, cuando, atropelladamente, pretende demostrar que sin Dios el hombre sería una existencia sin esencia, dejando a más de un biólogo y a más de un ingeniero genético dubitativos: ¿por qué la falta de un planeamiento priva de esencia al hombre? ¿El que no haya un plan consciente y único significa que no existe la naturaleza humana? Sería una esencia, si se quiere, sin un carácter teleológico (aunque Lamarck y Lorenz[6] dirían algo diferente), pero esencia al fin.
Se podría decir que del error anterior se hacen posibles todos los errores posteriores, pero sin embargo no seamos tan caritativos con Sartre: el que estos errores se hagan posibles a partir de aquel no significa que sean causados por aquel. Muy por el contrario, con su probada generosidad, nos ofrece otros nuevos gratuitamente.
El primer error más visible, que continúa inmediatamente, es el de considerar a la voluntad como creadora inmediata de la esencia humana. La existencia humana tendría un carácter aparentemente no esencial (¿?) que sería el de la consciencia, y ésta crearía a posteriori la esencia humana. Pero resulta que para Sartre hay elecciones anteriores al “querer”, no conscientes y por ende ¡no libres!, que hacen a la esencia de cada hombre individual. Pero él las llama “libres”. ¿Nos encontramos entonces ante una nueva forma de madurez antropológica de tipo fisicalista que reinterprete las conclusiones éticas del determinismo, haciendo a los hombres responsables de sus actos, que serían “libres” ya no por indeterminación volitiva del espíritu –como ejemplifica Gilson[7] en referencia a la síntesis tomista del libre albedrío como voluntaria y racional–, sino en tanto propios de una determinación pero individual, autárquica y no mecanicista ni dialéctica? No pidamos peras al olmo. Simplemente Sartre confunde la libertad de la consciencia con la “libertad” de la existencia de ser una cosa o la otra. Pero no hubo consciencia de esa decisión. No se puede pedir a la consciencia responsabilidad por la decisión “libre” de algo que resulta previo a sí misma y menos si se pretende que las decisiones previas no determinarían su naturaleza en tanto consciencia libre en el sentido aludido: indeterminada. Esa cosa previa a la decisión consciente, sin embargo, sería algo que condenaría inconsciente y aleatoriamente a la existencia a poseer una esencia. De otra forma, y esto es importante recordarlo, si lo que se quiere es hacer responsable a la existencia por una suerte de elección inconsciente que determina su esencia, sería propio de cada existencia haber elegido una cosa u otra, y eso es precisamente afirmar que la esencia precede a la existencia (y, para colmo, en forma determinista, concepto del que Sartre pretendía ser el primer negador). En el cristianismo, al menos, la consciencia individual –salvo por las tendencias del pecado original– se salvaría de pagar las culpas por toda su esencia, ya que no recae en una teoría determinista de la irresponsabilidad, siendo la esencia humana el marco ideal de sus elecciones pero no la causa de éstas. En Sartre la consciencia es las elecciones de su existencia y se descubre en ellas, pero para no remitirse a una esencia nuestro “existencialista” hace una salvedad al apelar a los determinantes de esas elecciones para ligarlas con la existencia toda, y habla de elecciones inconscientes que hacen posibles a ésta, o sea, elecciones previas a la libertad misma. Resulta, entonces, que en Sartre las decisiones de la consciencia, que harían a toda su esencia, están determinadas por una primer elección por parte de una existencia indeterminada, y es por esas decisiones ajenas a la consciencia que ésta misma debe ser responsable, ya que harían a su nueva esencia jamás elegida por aquella, lo cual es sin lugar a dudas un disparate. Así, todos estos elementos: esencia, existencia, hombre y libertad quedan, en la metafísica invertida de Sartre, totalmente confundidos en una sola cosa.
El tema anterior, pues, es abandonado en el texto sin ser tratado y termina derivándose en la noción de responsabilidad del individuo frente a toda la humanidad, a fin de aclarar que su subjetivismo es colectivista y no individualista, lo que no sólo no resuelve nada, sino que, además, nos introduce en otro error: cuando Sartre alude a la verdad de Perogrullo según la cual si un individuo toma una decisión X el total colectivo al que pudiera pertenecer se mueve estadísticamente en esa dirección X, lo que hace es confundir el todo con el resto, para darle así a toda decisión individual un carácter sociológico. Esto es tan tonto que rayana en la estupidez. Si yo llevo una vida solitaria en la Luna, sin contacto alguno con el género humano en la Tierra, y me caso –para citar el ejemplo de Sartre–, muevo al total del género humano hacia la monogamia en proporción de uno (en realidad de dos) sobre el total de humanos que existan en el universo. Pero eso no me hace ni por lejos responsable por toda la humanidad terrestre, ya que no influyo en manera alguna sobre ella. Soy responsable por “todos” en abstracto, en una proporción infinitesimal (la que me corresponde), y en nada responsable por los demás que constituyen el “resto”. Mis iguales son todos menos yo y nada más.
Luego Sartre, de una observación tan ridícula, concluye que a cada hombre, si tiene buena fe, debería importarle si en cada acto está realizando aquello que los demás pudieran hacer al mismo tiempo. Una suerte de kantianismo mal parafraseado en el que literalmente pregunta: “¿qué sucedería si todo el mundo hiciera lo mismo?”[8]. Veamos: todos pueden ser zapateros, pero no todos pueden ser zapateros simultáneamente. Ergo, el pobre diablo que eligiera ser zapatero estaría tomando una decisión privilegiada (de “mala fe”) y por eso debería pagar su responsabilidad frente al jurado de una hipostática humanidad colectivista sólo posible en su imaginación.
Unos párrafos adelante nos propone una interesante situación hipotética, aunque poco original –a mí se me ocurrió más de una vez como el “problema obvio” frente al caso de un milagro cualquiera–, en la cual Sartre pregunta cómo puede saberse con seguridad si la voz de un ángel no es acaso la de un demonio, o proviene de los abismos del subconsciente, o de un patológico estado alucinatorio[9]. Este problema no es, en el fondo, diferente al de la duda metódica cartesiana, y por ende, las respuestas que puede brindar el realismo moderado no serían acaso tan diferentes. Personalmente pienso que si la esencia de las cosas puede pasar el umbral de la percepción y llegar a aprehenderse en la conceptualización, entonces la incoherencia lógica de lo percibido, en tanto ontológicamente no-contradictorio, puede ser descubierta y filtrada por el pensar riguroso. Cierto es que en lo que concebimos como “ser un demonio” está implícita la posibilidad de tomar la forma que se desee, pero en esta idea se incluyen otras tantas sobre lo que concebimos como bueno, por un lado, y teológicamente revelado, por el otro. Casi lo mismo sucede con la mente de un alienado frente a un episodio esquizoide, del cual puede distanciarse para volver a la realidad. La decisión subjetiva acerca de la naturaleza de lo percibido no queda en uno mismo, sino que depende de la relación entre los entes percibidos y el pensamiento lógico (al menos como el marco de las opciones posibles –y pensables– a elegir de acuerdo a un criterio a su vez real que trasciende al sujeto). Proponer otra cosa es confundir la subjetividad del observador con un relativismo gnoseológico. Además: ¿es posible un subjetivismo colectivista?[10] Me extraña que Sartre haya tenido la cortedad de miras como para no ver el problema: Si acaso tengo que decidir arbitrariamente qué será bueno o malo, real o irreal, y pensar en cada caso que eso implica a toda la humanidad ¿por qué no pensar antes si esa humanidad es algo bueno o malo, real o irreal? ¿No quedará siempre en cada individuo la decisión de “qué” son los “otros”, y si acaso existen realmente?
Al confundir naturaleza humana con determinismo resulta que la única forma de ser libre es no tener naturaleza alguna. Pero sin naturaleza alguna no será el hombre quien sea libre, sino la libertad misma. La libertad no sería una propiedad de eso que llamamos hombre, sino que el hombre mismo sería la libertad. Sartre lo afirma: “el hombre es libertad”[11], pero ¿libertad de quien? La libertad haría al hombre. Dicho lo cual no sería el hombre quien sería libre, sino la libertad la que sería libre. El mismo hecho de ser humano sería una limitación para la humanidad, entonces: ¿por qué no dejar de serlo? En cuanto a la cuestión de la libertad, una antropología solipsista de este tipo hace de las acciones de un hombre el hombre mismo. Esto significa que el hombre no puede, en realidad, elegir nada. Elige siempre con una sola opción y es la que termina realizando. El hombre sartreano es un sonámbulo que descubre cuáles fueron sus decisiones una vez hechas. No descubre sus posibilidades mirando hacia el futuro sino mirando hacia el pasado, cuando las elecciones ya no tienen sentido alguno.
La premisa es falsa. Cuando Sartre plantea que una persona descubre la constitución del valor de un sentimiento hacia alguien, dependiendo de qué haga por ese alguien, lo que hace es infilitrar una premisa lógica falsa y de allí proceder lógicamente. Él mismo admite haber entrado entonces en un “círculo vicioso”[12]. Luego se procede reiteradamente a la afirmación dogmática e infundamentada: el sentimiento se construye con actos y no es previo al acto mismo por lo cual no puede ya ser consultado para la realización del acto (a lo cual se puede contestar que si Sartre tuviera razón no existirían los arrepentimientos). Y –otra aseveración de Sartre– si se elige a un consejero es porque ya de antemano se sabrá la respuesta (lo cual es un determinismo aleatorio de las decisiones, cuando no un voluntarismo –una versión pueril y deformada de la libertad escotista de la indiferencia[13]–). Nuestro filósofo no puede ocultar el forcejeo con sus propias ideas intentando lograr que éstas calcen a como de lugar en la doctrina que quiere justificar, así como tampoco el miedo por el cual escapa de una cuestión intentando ocultar las pruebas bajo la alfombra de su moralina colectivista, presumiendo que nadie tendría por qué criticarlo. Lo que debería ser entonces un ensayo de filosofía se vuelve una lucha contra sus propias debilidades, y en el linde con lo grotesco, casi podríamos decir un “breve manual del buen existencialista”.
Si vamos a sacar algo útil de esta revisión ácidamente crítica de El existencialismo es un humanismo podríamos decir lo siguiente:
La libertad de la consciencia reside en una creatividad indeterminada, y es ésta la que moldea a la consciencia; sin embargo, la consciencia es anterior a sus decisiones y no se ha creado enteramente a sí misma. Para ser libre debe poder elegir entre opciones dadas y hasta formular nuevas, pero antes que nada debe existir. No es la libertad (o lo que Sartre llama existencia del hombre) quien elige, sino la consciencia (lo que Sartre llama la esencia del hombre). Pero esto no significa determinismo alguno ya que esta existencia nace desde, pero crece fuera de la esencia humana y con independencia de ésta (lo que no implica aislamiento). La existencia tiene una, si se quiere, identidad y, a su vez, una personalidad, una esencia, pero esta identidad esencial no imposibilita su libertad, sino todo lo contrario: es la que la hace posible. En cierto modo “la mente autoconsciente posee una personalidad, algo así como un ethos o un carácter moral, siendo en parte producto de acciones pasadas. […U]na gran parte de la formación se consigue realmente por las acciones libres del pasado. Ahora bien, se trata de una idea importante, aunque muy difícil. Quizá se pudiese intentar comprenderla considerando que el cerebro está de hecho formado en parte por estas acciones de la personalidad y del yo. Es decir, puede considerarse que la parte del cerebro formada por la memoria es en parte un producto del yo.”[14]
La voluntad libre es una propiedad de la consciencia del hombre individual, que opera sobre la evolución de la esencia del hombre individual. La esencia humana impone a la elección libre sus limitaciones y condiciona en gran parte el contenido dentro de esos límites, pero ésta, por pequeño que sea su margen, es absoluta en tanto es libre. Sus elecciones no varían necesariamente de variarse la personalidad sobre la que subsiste el libre albedrío. La existencia donde reside la libertad tiene una identidad y una personalidad, y es esta identidad la que elige, pudiendo inclusive elegir cambiar su propia personalidad. Incluso cuando la identidad se cambia a sí misma, es desde sí que lo hace. El producto resultante es una continuación de lo que era. La continuación es siempre algo indeterminado y, sin embargo, no aleatorio. Pero hay más, ya que el libre albedrío es aún mucho más que esto. Nuestra esencia no condiciona nuestra libertad: somos nuestra esencia y somos también, desde ella, nuestra libertad. Nuestra naturaleza está abierta, es creativa de sí misma y sin embargo no es aleatoria, y esto significa que eso más propio del espíritu que es el libre albedrío, es algo de una infinita e insondable profundidad. Allí es donde vive el yo.
Sartre pretende escapar de la noción determinista propia del materialismo y, sin embargo, se encuentra tan atrapado en ella que la negación que pretende defender no es otra cosa que su afirmación: sólo se podría escapar de la determinación careciendo de esencia. El verdadero indeterminismo reconoce que puede haber historia y a la vez libertad. Si Sartre hubiera sido más riguroso en su razonamiento habría descubierto que si nuestra esencia condicionara nuestra existencia, entonces al mismo momento en que la existencia creara la esencia se estaría condenando para toda la eternidad; y si la existencia persistiera en ser independiente de la esencia aun luego de haberla creado, entonces de nada serviría descubrirse a sí misma en las elecciones pasadas.
Para terminar con el artículo de Sartre podemos enumerar unos breves comentarios más: 1) Sus pretensiones de unir el existencialismo y el marxismo fallan desde el comienzo por su desconocimiento de la posición que toma la ética dentro del materialismo histórico. Cuando plantea que él no sabe si la colectivización llegará a realizarse comete un doble error: a) el historicismo marxista define como inevitable este hecho histórico y por ende sostiene será inevitable que la voluntad del revolucionario marxista será dialécticamente producida por el proceso histórico y vivida desde dentro del sujeto como decisión libre; b) ignora que al plantear la cuestión en términos de desconocimiento del futuro lo que hace es abandonar el historicismo marxista, y al hacerlo, también echa por tierra la justificación de la colectivización dentro de la ética marxista –e incluso también tanto su aplicación como forma de apropiación por parte de una clase naturalmente no propietaria de capital, como su fundamentación para beneficio de la clase proletaria–; 2) No explica qué significa “captarse sin intermediario” a la hora de conocer la verdad. Si las decisiones libres requieren del conocimiento de la verdad, ¿qué significa conocerse a sí mismo si la esencia no es tal?; 3) Un verdadero círculo vicioso reaparece cuando Sartre pretende descubrir la verdad en una suerte de subjetividad colectivista, siendo que el sujeto cognoscente es siempre individual y los otros son parte de esa subjetividad: Si el hombre no es otra cosa que el reconocimiento que los otros tienen de él, entonces ya no es responsable salvo de obedecer a los demás y si para colmo éstos son la condición de su existencia, entonces esos otros tendrán la capacidad de juzgar a los demás pero no a sí mismos, cosa que sin embargo el juzgado no podrá hacer, ya que de hacerlo podrá, valga la aclaración, juzgar que no tiene por qué ser juzgado por sus iguales. Si lo que vale son los otros, ¿quiénes serán esos otros? ¿la mayoría? Si los hombres individuales no son nada salvo el reconocimiento que los otros como conjunto social tengan de estos, entonces para Sartre los judíos bajo el Tercer Reich habrían sido exactamente lo que la totalitaria sociedad alemana de entonces pensaba de ellos, o sea: enemigos raciales merecedores de deportación en masa y aniquilación física también en masa. En este subjetivismo multiculturalista los judíos habrían sido la imagen reflejada de sí mismos dentro de la cultura hitleriana. Por esto es que cuando Sartre dice que en la intersubjetividad el hombre decide lo que es y lo que son los otros, no hace sino ofrecernos una mentira peligrosísima. Aun aceptando este subjetivismo el hombre o bien decide lo que es, ó lo deciden los otros: no pueden hacer ambas cosas; 4) A pesar de giros argumentales varios, en ningún momento llega Sartre a explicar el origen de las decisiones libres responsables en contraposición a las decisiones “caprichosas” (aleatorias), y en el ejemplo analógico del cuadro[15] sigue sin explicarse: a) si no se sabe de dónde surgen los valores para la creación del cuadro para que su creación no sea caprichosa, entonces de poco sirve hablar de la estética del cuadro a posteriori; b) aun el ejemplo inútil de la coherencia del cuadro no sirve para hablar de criterios objetivos, ya que ¿qué se supone sería esta “coherencia” para ser juzgada? Entre “la voluntad de creación y el resultado” puede haber mucha coherencia pero lo creado ser estéticamente deplorable; 5) El reproche de gratuidad de la elección no es algo absurdo. Es muy cierto que lo gratuito en Sartre es “a priori”, no “a posteriori”, y precisamente por eso se hace la acusación de gratuidad e irresponsabilidad, puesto que “a posteriori” no se elige nada y la responsabilidad ya de poco sirve. ¿Nunca va a juzgar Sartre las acciones que él considera indeterminadas?; 6) Que los valores existan con anterioridad a la elección no significa que sean conocidos, y aun de ser conocidos pueden ser rechazados. He ahí el secreto de la elección moral: podemos rechazar los valores en los que creemos o bien, incluso, equivocarnos en cuanto a éstos –aun en éste último caso decir que la elección es subjetiva no significa que la elección sea arbitraria o irracional, ni hace a los valores elegidos subjetivos–, pero toda opinión sobre lo bueno o lo malo tiene sentido si creemos que la verdad es algo objetivo y absoluto que puede ser parcialmente alcanzado (Sartre acepta esto con más intermitencia que una lámpara de corriente alterna). La libertad tiene sentido en relación con la realidad: la libertad exterior es valiosa ya que nos permite buscar la verdad sin interferencias utilitarias que la subordinen, pero no porque en sí misma sea creadora de la verdad.
Es revelador, también, descubrir el sentido que Sartre tenía del compromiso, ya que él mismo se hace sujeto de su propia filosofía. Dudo, por ejemplo, que cuando fue colaborador en el aparato de propaganda de Stalin, haya recordado haber dicho: “no puedo tomar mi libertad como fin si no tomo igualmente la de los otros como fin”. Sartre escribió: “hay que tomar las cosas como son”; curiosas palabras viniendo de alguien que dijo que no se toman las cosas como son, sino que son como las tomamos.
Para rematar, cuando Sartre habla en nombre de todos los existencialistas, no hace más que embarrarse en su propio lodo: el mismo Heidegger tuvo que salir a hablar por su persona, romper la idea de un movimientismo existencialista y declarar que el existencialismo no tiene nada que ver con “un esfuerzo por sacar todas las consecuencias de una posición atea coherente”. Hablando en nombre de todos, Sartre dice que lo que él llama existencialismo no cambiaría en nada aunque Dios existiera, lo cual parece ser coherente hasta que se piensa en qué forma la posición de autoridad del solipsismo colectivo sartreano podría sostenerse, siendo que tampoco debería cambiar nada si los demás hombres existen o no. Heidegger explica: “Todo nacionalismo es, metafísicamente, un antropologismo y, como tal, un subjetivismo. El nacionalismo no es superado por el mero internacionalismo, sino que simplemente se amplía y se eleva a sistema. El nacionalismo se acerca tan poco a la humanitas de este modo como el individualismo mediante el colectivismo ahistórico. Este último es la subjetividad del hombre en la totalidad. El colectivismo consuma la autoafirmación incondicionada de la subjetividad y no permite que se vuelva atrás. Ni siquiera permite que se la experimente suficientemente mediante un pensar parcialmente mediador. Expulsado de la verdad del ser, el hombre no hace más que dar vueltas por todas partes alrededor de sí mismo”[16]
Ciertamente Sartre no defiende la idea de una forma debida de ser humano (propio del humanismo comteano –no necesariamente fascista–, y, hay que decirlo, del falso humanismo marxista[17] –necesariamente de peores consecuencias que el fascismo[18]–); Sartre sostiene la idea según la cual el hombre debe creer que puede tomar cualquier forma y considerar esa idea un deber. Parafraseándolo, los cristianos podrían contestarle: “El existencialismo es un pesimismo, una doctrina de la pasión, y sólo por su desesperación, confundiendo su propia fe con la nuestra, es como los existencialistas pueden acusarnos de mala fe”. Claro que cabría hablar sólo de Sartre.



[1] Cfr., Jean Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo. Véase en internet.
[2] Cfr., Kenneth Minogue, La teoría pura de la ideología, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988, pp. 195-235
[3] Cfr., Guy Sorman, Los verdaderos pensadores del siglo XX, Buenos Aires, Editorial Atlántida, 1989, pp. 111-112
[4] Cfr., Peter Collier and David Horowitz, The Anti-Chomsky Reader, Encounter Books, 2004
[5] La interpretación genérica del subjetivismo protagórico es la que en vez de tomar a un conjunto social autónomo que puede -que más que menos- establecer una uniformidad de criterios, toma a la humanidad en general. Esto es mucho más complicado, ya que si hablar de “sociedad” en sentido orgánico de Pueblo (Volk) es una hipóstasis colectiva un poco tirada de los pelos, ya hablar de humanidad más allá de lo biológico o de esencias ontológicas, es todavía más complicado si lo que se quiere es atribuirle juicios perceptuales propios. Que yo sepa la humanidad no tiene forma de adoptar uniformidad de juicios perceptuales (o de lo que fuera) en tanto ésta no depende directamente para su existencia de un conjunto colectivo social internacional, así que decir que para Protágoras era la humanidad la "medida de todas las cosas" significa que según él todos tendríamos una medida patrón por cada cultura o sociedad, y otras tantas por cada individuo, y todas esas hechas una en cada uno de nosotros. La verdad es que ya me parece hilar muy fino.
[6] Cfr., Karl Popper y Konrad Lorenz, El porvenir está abierto, Barcelona, Tusquets, 2000
[7] Cfr., Étienne Gilson, El espíritu de la filosofía medieval, España, RIALP, 2004, p. 286
[8] Sartre, Ob. cit.
[9] Cfr., Ibidem
[10] Cfr., George Orwell, 1984, Barcelona, Ediciones Destino, 1997, pp. 259-260
[11] Ob. cit.
[12] Ibidem
[13] Cfr., El espíritu de la filosofía medieval, p. 285
[14] Karl Popper y John Eccles, El yo y su cerebro, Barcelona, Labor, 1993, p. 532
[15] Cfr., Jean Paul Sartre, Ob. cit.
[16] Cfr., Martin Heidegger, Carta sobre el humanismo, Madrid, Alianza Editorial, 2000. Véase http://personales.ciudad.com.ar/M_Heidegger/carta_humanismo.htm
[17] P. C. Roberts y M. A. Stephenson, Marx: cambio, alienación y crisis, Madrid, Unión Editorial, 1974, pp. 137-144
[18] Cfr., Friedrich Hayek, Camino de servidumbre, Madrid, Alianza, 2003, pp. 208-244