La sociedad individualista y sus externalidades
La relación entre las externalidades negativas y su solución mediante fórmulas colectivistas es una constante en la literatura política totalitaria. Este breve post pretende sólo demostrar que la resolución al supuesto problema está en el "privatismo", en la propiedad privada como medio de coordinación contractual de las voluntades particulares en un orden social individualista, o sea, voluntario por parte de sus miembros individuales y producto de sus decisiones independientes.
Hice este artículo uniendo algunas ideas, y en algunos casos párrafos textuales, de comentarios dejados en blogs de amigos y conocidos, y de conversaciones con los mismos. A todos los une la misma temática.
Leyendo artículos como "Democracia cuántos errores se han cometido en tu nombre" de José Benegas, he visto que había un par de cuestiones que no había tenido en cuenta cuando escribí mis anteriores ensayos sobre los problemas totalitarios y/o igualitaristas del ideal democrático a secas. Una de esas cuestiones es la que tiene que ver con el "derecho de las minorías".
Por ejemplo, siempre hice referencia al tema de los "derechos de las minorías" entendidas estas, no sólo como políticas minorías eventuales, sino como grupos ontológicos (minorías étnicas, minorías sociales, etc.), y aunque lo hice aludiendo a los derechos individuales de dichas minorías, no me percaté de clarificar la diferenciación entre minoría política y minoría social, étnica, etc. Hubiera sido interesante recordar cómo la izquierda postmoderna utiliza la sensibilidad liberal por las minorías para imponer el "derecho" de una minoría cultural de disponer de la vida de sus miembros, pasando por sobre el pluralismo de los mismos. Como sabemos, los derechos no pueden si no ser de los individuos. Si son de un grupo, son sobre algo que no son el grupo mismo, o sea, sus miembros individuales, o los individuos de otros grupos, los cuales perderán sus derechos frente al grupo, voluntaria o involuntariamente, si les queda margen para decidirlo.
Cuando los "liberals" igualitaristas de Estados Unidos hablan de "minorías" se refieren a lo que en su pensamiento ideológico sistémico ellos consideran los "oprimidos" (o sea, grupos que puedan identificar con cualquier contraste que interpreten como inferior): las "mujeres", los "proletarios", los "indígenas", etc. etc., y cuando hablan de "mayorías" se refieren a la sociedad (incluyendo o excluyendo de la misma a las mayorías dependiendo de que estas defiendan o se beneficien de las desigualdades legítimas producto de los derechos individuales). Además, exigen para estas "minorías" ya no derechos individuales, sino derechos colectivos. En especial exigen derechos colectivos del conjunto social bajo la forma de arbitrarios "derechos positivos" para ser otorgados a los individuos. Estos "derechos" no son tales, ya que no son realmente derechos de los individuos: son autocontradictorios porque no son garantizables ya que pueden negarse a sí mismos dependiendo de la posibilidad de la organización social para expropiar recursos y distribuirlos, recursos que se obtienen recurriendo al inicio de la violencia contra los individuos que deben proveerlos (quienes sin duda no tendrán "derechos positivos" a los mismos). Todas las minorías mencionadas antes son consideradas en tanto clases subalternas y como colectivos con "derechos a", mientras que poco le importan a la izquierda las minorías por ser tales, sean étnicas (armenios por ejemplo), políticas (disidentes en Cuba) o económicas (empresarios independientes del Estado).
Lo importante de la cuestión de las minorías es que pueden terminar, a mano de los demagogos y sus "mayorías" eventuales, teniendo a sus miembros individuales "marcados" por ser tales. Y hay algo más, este falso favoritismo de la izquierda "posmo" por las minorías no sólo encubre que se dirige a ellas en tanto grupos socialmente subalternos -y por ende supuestamente "oprimidos" desde su óptica igualitarista-; oculta además el hecho de que jamás se refiere a minorías cuya existencia sea producto de sus propias individualidades (como ser los individuos con mayores cualidades que les posibiliten mayores ingresos). A éstas (que ellos asocian finalmente con la organización social opresora) se las persigue en nombre... ¡de la mayoría! Muchas veces siquiera pueden evitar nuestras izquierdas el desprecio que sienten por cualquier cosa que sobresalga socialmente. No pueden ocultarlo, por lo cual terminan despreciando inclusive a mayorías étnicas (Moore es paradigmático), o "mayorías" económicas, culturales o políticas, a las cuales asocian con el "sistema", y especialmente si no se someten al poder redistributivo igualitarista que ellos promueven.
Desde Benjamin Franklin hasta Reagan y Thatcher, desde Alexis de Tocqueville hasta Popper y Hayek, la preocupación genuina por las minorías pertenece al individualismo de los "classical liberals", republicanos, de los "libertarians", de los "conservatives" (enemigos de los experimentos de ingeniería social como Burke), e incluso de sus denostados "neoconservatives", pero casi nunca de los modernos "liberals" socialdemócratas. Me pregunto si estos últimos creen en los valores universales aplicables al mundo árabe cuando promueven el relativismo multiculturalista de la izquierda, el cual, precisamente, niega cualquier noción occidental de derechos individuales y de racionalidad. De hecho, el fundamentalismo islámico dice desconocer que exista algo llamado "civiles" separado de la cosa política.
Los socialdemócratas aprovechan los intentos republicanos de extender la modernidad occidental al mundo árabe, para justificar en nombre de los "derechos humanos" la aplicación del mismo democratismo totalitario que permitió a enemigos de Occidente como Chávez llegar y sostenerse en el poder. Tal vez sea que, por ejemplo, Venezuela entera sea una "minoría" político-cultural, con el derecho de perseguir a sus opositores, sean estos a su vez minoría o no (si tal vez se atreven o pueden intentar ser mayoría con la persecución política con la que deben cargar, además de con la pésima garantía de legitimación de elecciones como puede ser la de un ex-presidente de Estados Unidos como Jimmy Carter, el mismo que otrora financiara autocracias revolucionarias -como la del FSLN en Nicaragua-, implantadas por guerrillas totalitarias de izquierda y sostenidas por brigadas políticas y comités de manzana, en nombre de promover el "cambio social" en Latinoamérica)
En esta destrucción del lenguaje, democracia es que dos lobos y una oveja voten que se va a comer, y el derecho de la minoría no es el de la oveja sino el del grupo de animales que celebra este tipo de "elecciones".
Si se pretende la defensa de las minorías hay que recordar que la más pequeña de ellas es el individuo, como bien lo expresara Ayn Rand.
Contra lo anterior se arguye platónicamente la imposible autarquía del individuo, para buscar la primer minoría en una unidad cultural. Pero esto tampoco es cierto, y desde un ángulo parecido al de Aldous Huxley lo he explicado en otro sitio:
Es interesante el planteo segun el cual, si las acciones intencionadas de los individuos sobre un interés x se llevan a cabo por la búsqueda de beneficio personal, las consecuencias inintencionadas serán, para casi todos o incluso para todos, contrarias a ese mismo interés x. Es el problema que a veces se da en algunas de las situaciones planteadas por la teoría de los juegos debido a la conveniencia de la sincronicidad en la toma de decisiones en situaciones donde, como producto de decisiones individuales en búsqueda del beneficio individual, las externalidades negativas superan las internalidades positivas. Aquí los individuos se perjudicarían, parece, si no se "sindicalizaran". Pero desde allí se llega al error de presumir que, para poder lograr tal sincronicidad, deberían obligarse mutuamente a hacer lo que no quieren, antes que permitir a sus miembros ser libres individualmente (libres de los grupos sociales que les socaven tal libertad en su beneficio), ya que se supone que la autonomía individual les impediría, per se, de beneficiarse actuar en conjunto (aunque se podría plantear la existencia de una utilidad mayor que consiste en poder tener autonomía individual más allá de las consecuencias, valoración que, dicho sea de paso, sólo se puede hacer individualmente).
Veamos, tal vez todos quieran imponerse una obligación. Pero acá hay dos problemas: 1) Si la obligación permanece es una asociación forzada, y la voluntad de un grupo nace de la de sus individuos, y si estos no tienen autonomía, su presunta voluntad de grupo ya no refleja ni garantiza sino que amenaza a la de sus partes individuales. 2) Se debe tener en cuenta a todos y cada uno de los individuos, y no sólo una parte (o sea, de existir: sindicalización voluntaria de todos los miembros).
Vayamos a un ejemplo, que además es histórico: las vacas se extinguen porque hay libre cacería individual. Todos querrían que no se extinguieran, y, de hecho, querrían cazar menos vacas. Pero no pueden tomar todos esa decisión individualmente, ya que otros todavía podrán hacerlo. Desde cada uno aparece el mismo problema: todos saben que si paran de cazar vacas no tendrán forma de asegurarse que otros también lo hagan, y a su vez saben que los demás van a pensar así, con lo cual todos terminarán cazando vacas. ¿La libertad individual se volvió una esclavitud individual? Eso dirían los colectivistas. Pero hay un detalle. La exteriorización de la libertad es la propiedad, y esto precisamente lo prueba: hay una situación de tragedia de los comunes que está impuesta por la fuerza, y que es la que transforma, en el lenguaje neoclásico, a los bienes privatizables en bienes sólo públicos, haciendo total el problema de las externalidades negativas. Por eso la pregunta debe ser: ¿por qué si se pueden apropiar de las vacas, no pueden apropiarse del territorio? Precisamente la solución no es la colectivización sino la individuación: privatizar la tierra y alambrar a las vacas sueltas, así se soluciona el problema de las externalidades. La propiedad privada hace a las externalidades negativas, "internalidades".
Véase que en el fondo, todo argumento colectivista se reduce a la supuesta influencia total del conjunto sobre el individuo (multiculturalismo, marxismo, sociología del conocimiento, no importa), que en forma autónoma a sus miembros "crea" o "adapta" el contenido del pensamiento de estos, en función del mismo grupo. Pero la realidad es que el conjunto no tiene voluntad propia (no es "autónomo"); como mucho se producirá un fenómeno colectivo ajeno a las acciones individuales e invasivo de los intereses de las mismas, producto de la limitación de las acciones individuales en un marco comunal en el cual subsiste la propiedad pública, a costa de la libertad individual. Todos los fenómenos realmente colectivistas o comunales, o sea, no societarios, son un subproducto de una colectivización previa, de una falta de privatismo, y son todos inerciales (salvo por la dirección de elites o individuos con liderazgo).
Por todo esto es que ninguna sociedad puede beneficiar más a sus miembros volviéndose en contra de la libertad individual de ninguna de sus partes, siendo que la sociedad en sí misma para ser voluntaria debe partir de esas mismas libertades, y seguir perteneciendo a las mismas. El principio de no-agresión es la base para definir la individualización de los bienes a través de la propiedad privada sin planificación centralizada. Esto significa ni más ni menos la necesidad de la eliminación de toda abstracción colectivista de "propiedad pública". Las formas de vida comunal, en última instancia, para tener un sustrato real en sus individualidades, deben ver previamente legitimadas las participaciones reconocidas de las propiedades privadas, como por ejemplo las participaciones accionarias en una sociedad anónima. Cualquier propiedad colectiva es una forma de agresión si no se legitima sobre propietarios particulares individualizables e identificables (privados, véase, con nombre y apellido). Nada puede seguir siendo, per se, propiedad de los miembros de una comunidad por el solo hecho de ser de la comunidad, o sea, de pertenecer a una categoría (pública, véase, ajena a la identificación de los particulares).
Se necesita la legitimación individual privada. Luego hasta las plazas "públicas" podrán ser actos caritativos privados, pero seguirán siendo privados, y para subsistir no podrán exigir nada sino de sus verdaderos propietarios. No podrán obligar a nadie a participar de dicha propiedad.
Esto se conecta con un tema que, a primera vista, parecería no tener relación con lo anterior: el libre comercio. Pero veamos que tras la defensa del libre comercio internacional hay una cuestión moral de fondo, que es liberal e individualista: la decisión de comprar productos importados o nacionales es de los ciudadanos, no del gobierno. El precio de que la gente (en realidad una mayoría, no todo el pueblo) tome una decisión conjunta, votando a un gobierno que prohiba al pueblo comprar al extranjero, es que nadie pueda elegir libremente. Es, desde el punto de vista del individuo que lo propone, impedir a otros y a uno mismo comprar lo que a juicio personal beneficiaría más, cuando, si se abriera la importación, lo terminaría haciendo porque "otros lo harían". Ya que el vecino compra importado, yo también. Así que, como buen "nacionalista", voto para que ni el vecino ni yo podamos comprar importado, y así se "protege" -en realidad se subsidia- la industria nacional. Pero eso es hipócrita. Si creo realmente que tengo que comprar a una industria nacional más caro o bien por un producto que valoro menos, entonces lo hago independientemente de los demás. Si la mayoría piensa como yo entonces va a actuar tan en conjunto como si lo hubiera votado, y se va a sacrificar para salvar las "externalidades positivas" de la industria nacional, industria que, según la teoría, luego podrá comprarme a mí (a efectos de este análisis vamos a aceptar la falacia "proteccionista" obviando el hecho de que toda importación exporta dinero del país en el cual vivo, y que nadie acepta dinero si no es para usarlo nuevamente, o sea: para comprarme a mí, pero desde el exterior). Pregunta al margen: ¿no será más cierto que una minoría de productores nacionales, en nombre de esa contradictoria voluntad general, obliga a los consumidores a comprar sus productos en contra de su voluntad en nombre de las "externalidades positivas" del poder de compra de quienes dependen de la empresa nacional, ocultando las "externalidades positivas" del poder de compra de quienes dependen de la empresa extranjera? Recomiendo leer al respecto a dos periodistas económicos que se dedicaron a refutar las falacias del "proteccionismo": Bastiat y Hazlitt.
El mito es que la gente no podría actuar con libertad individual porque va a terminar haciendo algo que no quiere (o sea: que cada individuo no haría si otros tampoco tuvieran dicha libertad), y que por eso elegir contra su propio beneficio es a la larga en su beneficio. Lo primero es mentira (lo que más se desea es poder llegar a lograr beneficiarse todos de lo que se elige en la situación individualista), lo segundo podría ser posible, como es el caso en las situaciones antes mencionadas de la "game theory". Pero la cuestión es que "elegir contra uno mismo" tiene que ser algo voluntario, y esa voluntariedad es individual. Si lo que se desea es lograr sincronicidad y un compromiso "sindicalizado", la mayoría que vota por prohibir la importación de un bien debería pedirle al gobierno que prohiba sólo a esa misma mayoría comprar dicho bien. Recordemos que la minoría no está robando a nadie por comprar importado. Es su dinero y no le debe nada a nadie. Un productor no tiene derecho a obligar a otro connacional a decidir por él, por muchas -por llamar a sus ganancias de alguna forma- "externalidades positivas" que supuestamente genere.
Lo mismo podría decirse de la seguridad nacional: el servicio militar obligatorio -que es una forma estatal de esclavitud- podría llegar a ser elegido democráticamente. El planteo es similar: los votantes militaristas no querrán individualmente ir a hacer la conscripción si no están seguros de que los demás lo hagan (porque se necesita de una cantidad de carne de cañon que no sería suficiente si la gente eligiera libremente), entonces votan para que se obligue a casi todos a hacerla. Pero esos "casi todos" incluyen, obviamente, a los que no votaron por eso. Rousseau sería capaz de decir que en realidad, porque la mayoría lo votó, quienes nunca lo votaron estarían yendo voluntariamente, porque serían parte del "contrato social", y la voluntad mayoritaria -mayoritaria con voluntad colectivista- representaría (léase a Isaiah Berlin sobre lo grave de esta idea) la "verdadera" voluntad de todos los individuos (que nunca es individualista, curiosamente), o sea, ¡la "verdadera" voluntad incluso de los individuos de la minoría que no desea hacer el servicio militar! (ver el ejemplo de Rothbard en su ensayo "The Anatomy of the State"). Como sabemos, Rousseau da por sentado que la participación en el contrato supone la aceptación de todos de compartir la decisión sobre todas las decisiones humanas. Pero no es así, y por eso Rousseau es padre no sólo del comunismo sino de además del totalitarismo (populista muchas veces, pero otras muchas incluso elitista -como demuestra Sartori-, si es que ambas cosas no van de la mano: las masas se caracterizan por no ser pueblo, o sea, por no tener voluntad propia salvo la del líder).
El caso del Holocausto es el extremo de la posición que afirma la existencia defendida de la "libertad de los pueblos". La libertad (colectiva) del "pueblo" no existe, y si existe, es de decidir sobre sus individuos. O sea: una sociedad de dos nazis y un judío que votan sobre la vida y la muerte de sus miembros.
El asunto es, precisamente, que el pueblo no es una totalidad homogénea (incluso una decisión política mayoritaria es una simplificación de preferencias diversas). Si el pueblo fuera una totalidad hegeliana, no tendría sentido que se obligara a sí mismo. Y en esto Marx es, por lejos y a pesar de su totalismo, más libertario que Rousseau: la dictadura del proletariado -como todo poder político estatal para Marx- es democracia para reprimir a las demás clases, no democracia para autogobierno del proletariado, por lo cual queda abolida la democracia en la sociedad sin clases -otro tema es el de que para Marx, como el proletariado no tiene una forma socioeconómica propia, debe construirse una forma artificialmente, vía planificación estatal: el socialismo-. (Aclaración: en el marxismo, aparentemente, un grupo heterogéneo no puede gobernarse a sí mismo: si lo hace es la represión de una parte por la otra. Claro, las clases sociales tendrían, internamente, intereses homogéneos, o al menos mutuos. Recomiendo al respecto leer Teoría e historia de Mises)
No siendo una totalidad, cuando un pueblo es libre en sentido colectivista y no individualista, lo que puede lograr es que una decisión mayoritaria (o de primera minoría) instituya un órgano colectivo que fuerce a los miembros de la mayoría a hacer algo que no decidirían individualmente, y que fuerce, además, a lo mismo a los miembros de la minoría restante, minoría que no tomó tal decisión ni individual ni colectivamente. Esa decisión puede ser que todo disidente sea deportado a campos de concentración. En nombre de anular las externalidades negativas de la generalización autodestructiva de las decisiones individuales autónomas, la democracia propone un egoísmo colectivista que desdobla al individuo en una disyuntiva alienante: una parte del mismo quiere comprar productos importados (si no puede evitar que los demás tengan la posibilidad de hacerlo), pero la otra quiere prohibir la importación a todos (y con esa condición prohibirse elegir libremente); una parte quiere evadir el servicio militar obligatorio, pero la otra quiere que se reclute población a la fuerza; una parte quiere poder disentir cuando le venga en gana, pero la otra quiere un pueblo unificado por una ideología única. ¿Cual vale más? La respuesta no es tan difícil: toda decisión nace de los individuos, hasta las decisiones colectivistas y totalitarias como estas. Luego, es la parte individual, la que comienza y termina en la libertad personal de elegir, la que hay que proteger. Y la propiedad privada es la esfera de esa libertad y donde podemos identificarla legítimamente (libertad tan odiada por Rousseau). ¿Se dirá que la gente no se podría así sindicalizar y unificar? No es cierto: sí puede, pero no por la fuerza. No contra otros. No por un voto para usar la maquinaría que reclama para sí y de facto hace uso del monopolio de la fuerza, que es el Estado, ni para, con el permiso o no del mismo, posibilitar el inicio de la fuerza (o sea: la violencia) de otros grupos: sindicatos de cualquier tipo (obreros, profesionales, comerciales, empresariales, etc.)
Pero todavía queda algo más por decir, y es que donde hay propiedad privada real y autónoma, existe la posibilidad de múltiples intereses individuales cooperando sin colisionar entre sí; donde las externalidades negativas se identifican y eliminan mutuamente mediante el principio de no-agresión. La escasez y la utilidad subjetiva que pagamos por un servicio privado es su valor, cuyo mínimo se alcanza por la libre entrada al mercado, y se determina por el beneficio por debajo del cual nadie está dispuesto a trabajar e invertir. Intentar no pagar ese "costo" es como intentar hacer funcionar un automóvil con menos combustible del necesario y forzarlo a dar más de lo que puede. A semejanza del ejemplo anterior, en este caso el precio de crear una suerte de externalidad positiva inmediata es crear una "internalidad negativa" mediata. No se trata, pues, de inmediatez o mediatez, sino de la búsqueda personal de la felicidad contra su reverso: la espera de una felicidad personal que sea producto colateral de una búsqueda colectiva de la misma, a costa del sacrificio de la autonomía individual para tomar decisiones con respecto a dicha búsqueda.
El liberal reclamo de libre comercio, y en general de libre intercambio de mercado, no es sólo práctico-utilitario: que el individualismo es más compatible con el beneficio de los individuos que el colectivismo, sino que también es ético: los individuos deben decidir sólo para sí mismos y para nadie más, y sólo sobre los medios que ellos mismos hayan creado.
Hice este artículo uniendo algunas ideas, y en algunos casos párrafos textuales, de comentarios dejados en blogs de amigos y conocidos, y de conversaciones con los mismos. A todos los une la misma temática.
Leyendo artículos como "Democracia cuántos errores se han cometido en tu nombre" de José Benegas, he visto que había un par de cuestiones que no había tenido en cuenta cuando escribí mis anteriores ensayos sobre los problemas totalitarios y/o igualitaristas del ideal democrático a secas. Una de esas cuestiones es la que tiene que ver con el "derecho de las minorías".
Por ejemplo, siempre hice referencia al tema de los "derechos de las minorías" entendidas estas, no sólo como políticas minorías eventuales, sino como grupos ontológicos (minorías étnicas, minorías sociales, etc.), y aunque lo hice aludiendo a los derechos individuales de dichas minorías, no me percaté de clarificar la diferenciación entre minoría política y minoría social, étnica, etc. Hubiera sido interesante recordar cómo la izquierda postmoderna utiliza la sensibilidad liberal por las minorías para imponer el "derecho" de una minoría cultural de disponer de la vida de sus miembros, pasando por sobre el pluralismo de los mismos. Como sabemos, los derechos no pueden si no ser de los individuos. Si son de un grupo, son sobre algo que no son el grupo mismo, o sea, sus miembros individuales, o los individuos de otros grupos, los cuales perderán sus derechos frente al grupo, voluntaria o involuntariamente, si les queda margen para decidirlo.
Cuando los "liberals" igualitaristas de Estados Unidos hablan de "minorías" se refieren a lo que en su pensamiento ideológico sistémico ellos consideran los "oprimidos" (o sea, grupos que puedan identificar con cualquier contraste que interpreten como inferior): las "mujeres", los "proletarios", los "indígenas", etc. etc., y cuando hablan de "mayorías" se refieren a la sociedad (incluyendo o excluyendo de la misma a las mayorías dependiendo de que estas defiendan o se beneficien de las desigualdades legítimas producto de los derechos individuales). Además, exigen para estas "minorías" ya no derechos individuales, sino derechos colectivos. En especial exigen derechos colectivos del conjunto social bajo la forma de arbitrarios "derechos positivos" para ser otorgados a los individuos. Estos "derechos" no son tales, ya que no son realmente derechos de los individuos: son autocontradictorios porque no son garantizables ya que pueden negarse a sí mismos dependiendo de la posibilidad de la organización social para expropiar recursos y distribuirlos, recursos que se obtienen recurriendo al inicio de la violencia contra los individuos que deben proveerlos (quienes sin duda no tendrán "derechos positivos" a los mismos). Todas las minorías mencionadas antes son consideradas en tanto clases subalternas y como colectivos con "derechos a", mientras que poco le importan a la izquierda las minorías por ser tales, sean étnicas (armenios por ejemplo), políticas (disidentes en Cuba) o económicas (empresarios independientes del Estado).
Lo importante de la cuestión de las minorías es que pueden terminar, a mano de los demagogos y sus "mayorías" eventuales, teniendo a sus miembros individuales "marcados" por ser tales. Y hay algo más, este falso favoritismo de la izquierda "posmo" por las minorías no sólo encubre que se dirige a ellas en tanto grupos socialmente subalternos -y por ende supuestamente "oprimidos" desde su óptica igualitarista-; oculta además el hecho de que jamás se refiere a minorías cuya existencia sea producto de sus propias individualidades (como ser los individuos con mayores cualidades que les posibiliten mayores ingresos). A éstas (que ellos asocian finalmente con la organización social opresora) se las persigue en nombre... ¡de la mayoría! Muchas veces siquiera pueden evitar nuestras izquierdas el desprecio que sienten por cualquier cosa que sobresalga socialmente. No pueden ocultarlo, por lo cual terminan despreciando inclusive a mayorías étnicas (Moore es paradigmático), o "mayorías" económicas, culturales o políticas, a las cuales asocian con el "sistema", y especialmente si no se someten al poder redistributivo igualitarista que ellos promueven.
Desde Benjamin Franklin hasta Reagan y Thatcher, desde Alexis de Tocqueville hasta Popper y Hayek, la preocupación genuina por las minorías pertenece al individualismo de los "classical liberals", republicanos, de los "libertarians", de los "conservatives" (enemigos de los experimentos de ingeniería social como Burke), e incluso de sus denostados "neoconservatives", pero casi nunca de los modernos "liberals" socialdemócratas. Me pregunto si estos últimos creen en los valores universales aplicables al mundo árabe cuando promueven el relativismo multiculturalista de la izquierda, el cual, precisamente, niega cualquier noción occidental de derechos individuales y de racionalidad. De hecho, el fundamentalismo islámico dice desconocer que exista algo llamado "civiles" separado de la cosa política.
Los socialdemócratas aprovechan los intentos republicanos de extender la modernidad occidental al mundo árabe, para justificar en nombre de los "derechos humanos" la aplicación del mismo democratismo totalitario que permitió a enemigos de Occidente como Chávez llegar y sostenerse en el poder. Tal vez sea que, por ejemplo, Venezuela entera sea una "minoría" político-cultural, con el derecho de perseguir a sus opositores, sean estos a su vez minoría o no (si tal vez se atreven o pueden intentar ser mayoría con la persecución política con la que deben cargar, además de con la pésima garantía de legitimación de elecciones como puede ser la de un ex-presidente de Estados Unidos como Jimmy Carter, el mismo que otrora financiara autocracias revolucionarias -como la del FSLN en Nicaragua-, implantadas por guerrillas totalitarias de izquierda y sostenidas por brigadas políticas y comités de manzana, en nombre de promover el "cambio social" en Latinoamérica)
En esta destrucción del lenguaje, democracia es que dos lobos y una oveja voten que se va a comer, y el derecho de la minoría no es el de la oveja sino el del grupo de animales que celebra este tipo de "elecciones".
Si se pretende la defensa de las minorías hay que recordar que la más pequeña de ellas es el individuo, como bien lo expresara Ayn Rand.
Contra lo anterior se arguye platónicamente la imposible autarquía del individuo, para buscar la primer minoría en una unidad cultural. Pero esto tampoco es cierto, y desde un ángulo parecido al de Aldous Huxley lo he explicado en otro sitio:
Las culturas dependen de sus individuos y no a la inversa, incluso para su nacimiento. La primer interdependencia de los individuos fue biológica y no culturalmente determinada. Lo que forma la cultura y que generalmente sólamente portan elites -frecuentemente aglutinadas- es la creatividad y esta es un hecho individual, y debe entonces existir una diferencia previa entre los individos incluso si creyéramos que la misma es un producto reactivo al entorno social. La cultura no es una mente colectiva que asigna qué individuos tendrán tal o cual capacidad creativa, ni reasigna las mismas en ausencia o pérdida de alguna de sus "partes" entre otras individualidades con potencialidades idénticas.
La existencia de individuos que se planteen diferencias en diferentes culturas no significa que sus planteos no sean una reelaboración individualmente autónoma -y crítica desde una racionalidad universal- de los planteos preexistentes. El contexto no genera necesariamente el contenido: las ideas presentes no producen en forma determinista las ideas futuras, y no están contenidas en aquellas.
No hay ninguna razón para no discutir la interpretación colectivista de que las culturas son las que discurren y plantean cosas diferentes según un determinado "desarrollo cultural", ya que no hay razón para aceptarlo dogmáticamente. Lo único real de lo que partimos es que somos individuos discutiendo el asunto, o sea: "haciendo cultura", pero no siendo sujetos pasivos de una cultura que necesitaba "crear disensos". Los individuos producen la cultura y no a la inversa, y el hecho de que los individuos tiendan a adaptarse a la cultura en la que viven no significa -necesariamente al menos- que su adaptación sea acrítica e irracional, y la crítica debe ser, por ende, individualmente autónoma y creativa. Si no lo fuera: si la cultura produce a sus individualidades, entonces ¿qué cosa produce, genera y cambia a la cultura? La idea hayekiana del orden espontáneo no significa que la cultura esté desconectada de sus creadores individuales como si de estos pudiera prescindir. Como se quiera ver, siempre queda un elemento exterior a la cultura necesario para su evolución creativa, y si incluso no se trata del individuo (del resultado a la vez pasivo y activo del contacto racional y empírico entre el hombre individual y la realidad), entonces queda un agente externo determinante . Pero si este elemento es estático será siempre menor al producto creativo. La gran falla del cuasi intento de solución que es el materialismo histórico marxista, con su concepción del pensamiento como producto de la tecnología, es aquella que Mises destacara tantas veces: la rueda de la evolución productiva no puede empezar a girar si no parte de una primera idea. La cultura debe primero crear la tecnología; luego la cultura no se autogenera: depende de sus individuos, minorías últimas.
Resumiendo: es la cultura la que no puede tener independencia de sus miembros individuales. En rigor, la cultura es esas creaciones individuales previas, sistematizadas y acumuladas, para uso y aprendizaje social de otros individuos. Es una acumulación escalonada e histórica de la información producida por los individuos.
El hecho de que, en el caso específico de la especie humana, el individuo no pueda sobrevivir (o al menos no evolucionar) en completa soledad, no implica que la cultura deba ser previa a la creatividad individual, ya que la condición medianamente gregaria del hombre no es un producto de la cultura sino a la inversa: es esta constitución instintiva del hombre sobre la cual el mismo hecho de la organización social se ha generado espontáneamente como resultado del desarrollo del pensamiento racional individual y de la acumulación interpersonal de la información creada por las individualidades. En rigor, es el individualismo el que crea la sociabilidad.
Del estado de manada se ha evolucionado hacia una compleja organización social inintecionadamente por obra de la creación individual. Precisamente el olvido de que el objetivo, consciente o inconsciente, de los vínculos sociales "artificiales" complejos son los individuos y no el mero instinto medianamente gregario, es lo que posibilitaría la creación de las doctrinas totalitarias.
Las sociedades abiertas se forman espontáneamente mediante el descubrimiento inintencionado y la utilización individualista de las formas de organización "social" altamente gregarias propias de un hormiguero, pero en vez de limitarse a la complejidad uniforme del comunitarismo instintivo de estas, lo que se genera es una pluralidad doblemente compleja de verdaderas organizaciones sociales interrelacionadas, que fusionan el individualismo y el colectivismo, y mantienen en cuerpos sociales intermedios el primitivo instinto medianamente gregario, cuya unidad social elemental es el núcleo familiar, y cuya unidad creativa elemental es el individuo. Entre este último y la imitación superficial del hormiguero (lo que llamamos generalmente "sociedad nacional") existe una amortiguación de infinitas múltiples sociedades, desarrolladas cada una sobre grupos de otras y que se interrelacionan en un feedback permanente. La sociedad final resultante es un subproducto difuso enmarcado por el Estado, y no es una unidad gigantesca, lo cual requeriría una creación artificial y centralizada -o sea: una estatización de la sociedad-, que jamás producirían espontáneamente los individuos buscando sus propios intereses racionalmente. Y ahora pasamos a las excepciones.
Las sociedades cerradas de tipo tribal se quedan en el primer paso de la evolución social bloqueando, con la poca cultura de que disponen, la creatividad individual y la formación de relaciones interpersonales más complejas, para perpetuar así el espíritu comunitario biológico perdido, y haciendo de la tribu misma el reemplazo de las familias en el sistema de manadas (este tribalismo cerrado y comunista no se ha dado en todos los casos, como pretendía la errada sociología sobre la que intentó sostenerse el marxismo a contrapelo de la evidencia histórica). Las sociedades cerradas de tipo totalitario, en cambio, son un intento regresivo mucho más peligroso y frecuentemente deliberado de fusionar, simultáneamente, el espíritu comunitario de manada (que en las tribus todavía era posible sostener culturalmente) con el complejo organismo "social" que programado en sus genes tienen los insectos sociales para formar un termitero. El resultado, como bien explicaba Huxley, no es un organismo social sino una organización, artificial y forzada, puramente colectivista, que va en contra tanto de la naturaleza biológica humana como del espacio para el razonamiento y la creatividad individual. La organización social totalitaria sostiene este falso hormiguero con dos instrumentos: uno es la Ideología, que funciona como obligatoria religión ordenadora de todos los asuntos humanos (una cultura artificial, politizada y monolítica, dirigida desde el Estado), y que genera el movimiento de masas dentro del cual el instinto comunitario se lleva a escala de la sociedad mayor, creando la falsa sensación de vivir en una tribu gigantesca (culto al jefe de la dirección constructivista del movimiento -dirección que requiere una elite con individualidades pensantes: el Partido- y un pueblo transformado en una unidad masiva) pulverizando desde la familia en adelante todos los grupos sociales intermedios; el otro instrumento es el Estado (ahora absorbido y fusionado al Partido) que es la sociedad burocrática necesaria para disciplinar y forzar la transformación de la sociedad civil en una uniforme sociedad de masas (absorbida a su vez por el Partido-Estado).
El ideario totalitario es el intelecto individual que se vuelve contra sí mismo intencionadamente con la poderosa construcción que desarrollara inintecionadamente: la sociedad. El totalitarismo es el resultado de esta simplificación colectivista de la sociedad, o sea: el socialismo.
El socialismo totalitario, como proyecto revolucionario de construcción social desde cero y cambio total planificado, es una invención que se dio siempre a posteriori de la evolución liberal de la sociedad. De hecho, cualquier intento colectivista que quiera ser realmente socialista y no aspire volver pronto a un pseudotribalismo comunista, necesitará previamente del individualismo altamente complejo que hace posible el desarrollo de las invenciones necesarias para el nivel de industrialización propio de la producción en masa. Es esta tecnología la que posibilita a su vez la invención de la maquinaria coercitiva social-estatal para organizar y disciplinar a los hombres a una estructura totalitaria, aunque a la larga paralice la creatividad individual logrando que el proyecto socialista no pueda competir con las complejas sociedades abiertas.
La maquinaria totalitaria se vuelve sobre sí misma y hace culto de su propia creación, deteniéndose así eternamente en el tiempo, ya que, como vimos, la cultura no es una creación de sí misma, ni de ningun órgano colectivo, sino de los individuos, que en la sociedad totalitaria son, salvo en el caso que sean adoptados por la elite del Partido-Estado, mutilados y transformados en meros instrumentos del proyecto colectivista.
Es interesante el planteo segun el cual, si las acciones intencionadas de los individuos sobre un interés x se llevan a cabo por la búsqueda de beneficio personal, las consecuencias inintencionadas serán, para casi todos o incluso para todos, contrarias a ese mismo interés x. Es el problema que a veces se da en algunas de las situaciones planteadas por la teoría de los juegos debido a la conveniencia de la sincronicidad en la toma de decisiones en situaciones donde, como producto de decisiones individuales en búsqueda del beneficio individual, las externalidades negativas superan las internalidades positivas. Aquí los individuos se perjudicarían, parece, si no se "sindicalizaran". Pero desde allí se llega al error de presumir que, para poder lograr tal sincronicidad, deberían obligarse mutuamente a hacer lo que no quieren, antes que permitir a sus miembros ser libres individualmente (libres de los grupos sociales que les socaven tal libertad en su beneficio), ya que se supone que la autonomía individual les impediría, per se, de beneficiarse actuar en conjunto (aunque se podría plantear la existencia de una utilidad mayor que consiste en poder tener autonomía individual más allá de las consecuencias, valoración que, dicho sea de paso, sólo se puede hacer individualmente).
Veamos, tal vez todos quieran imponerse una obligación. Pero acá hay dos problemas: 1) Si la obligación permanece es una asociación forzada, y la voluntad de un grupo nace de la de sus individuos, y si estos no tienen autonomía, su presunta voluntad de grupo ya no refleja ni garantiza sino que amenaza a la de sus partes individuales. 2) Se debe tener en cuenta a todos y cada uno de los individuos, y no sólo una parte (o sea, de existir: sindicalización voluntaria de todos los miembros).
Vayamos a un ejemplo, que además es histórico: las vacas se extinguen porque hay libre cacería individual. Todos querrían que no se extinguieran, y, de hecho, querrían cazar menos vacas. Pero no pueden tomar todos esa decisión individualmente, ya que otros todavía podrán hacerlo. Desde cada uno aparece el mismo problema: todos saben que si paran de cazar vacas no tendrán forma de asegurarse que otros también lo hagan, y a su vez saben que los demás van a pensar así, con lo cual todos terminarán cazando vacas. ¿La libertad individual se volvió una esclavitud individual? Eso dirían los colectivistas. Pero hay un detalle. La exteriorización de la libertad es la propiedad, y esto precisamente lo prueba: hay una situación de tragedia de los comunes que está impuesta por la fuerza, y que es la que transforma, en el lenguaje neoclásico, a los bienes privatizables en bienes sólo públicos, haciendo total el problema de las externalidades negativas. Por eso la pregunta debe ser: ¿por qué si se pueden apropiar de las vacas, no pueden apropiarse del territorio? Precisamente la solución no es la colectivización sino la individuación: privatizar la tierra y alambrar a las vacas sueltas, así se soluciona el problema de las externalidades. La propiedad privada hace a las externalidades negativas, "internalidades".
Véase que en el fondo, todo argumento colectivista se reduce a la supuesta influencia total del conjunto sobre el individuo (multiculturalismo, marxismo, sociología del conocimiento, no importa), que en forma autónoma a sus miembros "crea" o "adapta" el contenido del pensamiento de estos, en función del mismo grupo. Pero la realidad es que el conjunto no tiene voluntad propia (no es "autónomo"); como mucho se producirá un fenómeno colectivo ajeno a las acciones individuales e invasivo de los intereses de las mismas, producto de la limitación de las acciones individuales en un marco comunal en el cual subsiste la propiedad pública, a costa de la libertad individual. Todos los fenómenos realmente colectivistas o comunales, o sea, no societarios, son un subproducto de una colectivización previa, de una falta de privatismo, y son todos inerciales (salvo por la dirección de elites o individuos con liderazgo).
Por todo esto es que ninguna sociedad puede beneficiar más a sus miembros volviéndose en contra de la libertad individual de ninguna de sus partes, siendo que la sociedad en sí misma para ser voluntaria debe partir de esas mismas libertades, y seguir perteneciendo a las mismas. El principio de no-agresión es la base para definir la individualización de los bienes a través de la propiedad privada sin planificación centralizada. Esto significa ni más ni menos la necesidad de la eliminación de toda abstracción colectivista de "propiedad pública". Las formas de vida comunal, en última instancia, para tener un sustrato real en sus individualidades, deben ver previamente legitimadas las participaciones reconocidas de las propiedades privadas, como por ejemplo las participaciones accionarias en una sociedad anónima. Cualquier propiedad colectiva es una forma de agresión si no se legitima sobre propietarios particulares individualizables e identificables (privados, véase, con nombre y apellido). Nada puede seguir siendo, per se, propiedad de los miembros de una comunidad por el solo hecho de ser de la comunidad, o sea, de pertenecer a una categoría (pública, véase, ajena a la identificación de los particulares).
Se necesita la legitimación individual privada. Luego hasta las plazas "públicas" podrán ser actos caritativos privados, pero seguirán siendo privados, y para subsistir no podrán exigir nada sino de sus verdaderos propietarios. No podrán obligar a nadie a participar de dicha propiedad.
Esto se conecta con un tema que, a primera vista, parecería no tener relación con lo anterior: el libre comercio. Pero veamos que tras la defensa del libre comercio internacional hay una cuestión moral de fondo, que es liberal e individualista: la decisión de comprar productos importados o nacionales es de los ciudadanos, no del gobierno. El precio de que la gente (en realidad una mayoría, no todo el pueblo) tome una decisión conjunta, votando a un gobierno que prohiba al pueblo comprar al extranjero, es que nadie pueda elegir libremente. Es, desde el punto de vista del individuo que lo propone, impedir a otros y a uno mismo comprar lo que a juicio personal beneficiaría más, cuando, si se abriera la importación, lo terminaría haciendo porque "otros lo harían". Ya que el vecino compra importado, yo también. Así que, como buen "nacionalista", voto para que ni el vecino ni yo podamos comprar importado, y así se "protege" -en realidad se subsidia- la industria nacional. Pero eso es hipócrita. Si creo realmente que tengo que comprar a una industria nacional más caro o bien por un producto que valoro menos, entonces lo hago independientemente de los demás. Si la mayoría piensa como yo entonces va a actuar tan en conjunto como si lo hubiera votado, y se va a sacrificar para salvar las "externalidades positivas" de la industria nacional, industria que, según la teoría, luego podrá comprarme a mí (a efectos de este análisis vamos a aceptar la falacia "proteccionista" obviando el hecho de que toda importación exporta dinero del país en el cual vivo, y que nadie acepta dinero si no es para usarlo nuevamente, o sea: para comprarme a mí, pero desde el exterior). Pregunta al margen: ¿no será más cierto que una minoría de productores nacionales, en nombre de esa contradictoria voluntad general, obliga a los consumidores a comprar sus productos en contra de su voluntad en nombre de las "externalidades positivas" del poder de compra de quienes dependen de la empresa nacional, ocultando las "externalidades positivas" del poder de compra de quienes dependen de la empresa extranjera? Recomiendo leer al respecto a dos periodistas económicos que se dedicaron a refutar las falacias del "proteccionismo": Bastiat y Hazlitt.
El mito es que la gente no podría actuar con libertad individual porque va a terminar haciendo algo que no quiere (o sea: que cada individuo no haría si otros tampoco tuvieran dicha libertad), y que por eso elegir contra su propio beneficio es a la larga en su beneficio. Lo primero es mentira (lo que más se desea es poder llegar a lograr beneficiarse todos de lo que se elige en la situación individualista), lo segundo podría ser posible, como es el caso en las situaciones antes mencionadas de la "game theory". Pero la cuestión es que "elegir contra uno mismo" tiene que ser algo voluntario, y esa voluntariedad es individual. Si lo que se desea es lograr sincronicidad y un compromiso "sindicalizado", la mayoría que vota por prohibir la importación de un bien debería pedirle al gobierno que prohiba sólo a esa misma mayoría comprar dicho bien. Recordemos que la minoría no está robando a nadie por comprar importado. Es su dinero y no le debe nada a nadie. Un productor no tiene derecho a obligar a otro connacional a decidir por él, por muchas -por llamar a sus ganancias de alguna forma- "externalidades positivas" que supuestamente genere.
Lo mismo podría decirse de la seguridad nacional: el servicio militar obligatorio -que es una forma estatal de esclavitud- podría llegar a ser elegido democráticamente. El planteo es similar: los votantes militaristas no querrán individualmente ir a hacer la conscripción si no están seguros de que los demás lo hagan (porque se necesita de una cantidad de carne de cañon que no sería suficiente si la gente eligiera libremente), entonces votan para que se obligue a casi todos a hacerla. Pero esos "casi todos" incluyen, obviamente, a los que no votaron por eso. Rousseau sería capaz de decir que en realidad, porque la mayoría lo votó, quienes nunca lo votaron estarían yendo voluntariamente, porque serían parte del "contrato social", y la voluntad mayoritaria -mayoritaria con voluntad colectivista- representaría (léase a Isaiah Berlin sobre lo grave de esta idea) la "verdadera" voluntad de todos los individuos (que nunca es individualista, curiosamente), o sea, ¡la "verdadera" voluntad incluso de los individuos de la minoría que no desea hacer el servicio militar! (ver el ejemplo de Rothbard en su ensayo "The Anatomy of the State"). Como sabemos, Rousseau da por sentado que la participación en el contrato supone la aceptación de todos de compartir la decisión sobre todas las decisiones humanas. Pero no es así, y por eso Rousseau es padre no sólo del comunismo sino de además del totalitarismo (populista muchas veces, pero otras muchas incluso elitista -como demuestra Sartori-, si es que ambas cosas no van de la mano: las masas se caracterizan por no ser pueblo, o sea, por no tener voluntad propia salvo la del líder).
El caso del Holocausto es el extremo de la posición que afirma la existencia defendida de la "libertad de los pueblos". La libertad (colectiva) del "pueblo" no existe, y si existe, es de decidir sobre sus individuos. O sea: una sociedad de dos nazis y un judío que votan sobre la vida y la muerte de sus miembros.
El asunto es, precisamente, que el pueblo no es una totalidad homogénea (incluso una decisión política mayoritaria es una simplificación de preferencias diversas). Si el pueblo fuera una totalidad hegeliana, no tendría sentido que se obligara a sí mismo. Y en esto Marx es, por lejos y a pesar de su totalismo, más libertario que Rousseau: la dictadura del proletariado -como todo poder político estatal para Marx- es democracia para reprimir a las demás clases, no democracia para autogobierno del proletariado, por lo cual queda abolida la democracia en la sociedad sin clases -otro tema es el de que para Marx, como el proletariado no tiene una forma socioeconómica propia, debe construirse una forma artificialmente, vía planificación estatal: el socialismo-. (Aclaración: en el marxismo, aparentemente, un grupo heterogéneo no puede gobernarse a sí mismo: si lo hace es la represión de una parte por la otra. Claro, las clases sociales tendrían, internamente, intereses homogéneos, o al menos mutuos. Recomiendo al respecto leer Teoría e historia de Mises)
No siendo una totalidad, cuando un pueblo es libre en sentido colectivista y no individualista, lo que puede lograr es que una decisión mayoritaria (o de primera minoría) instituya un órgano colectivo que fuerce a los miembros de la mayoría a hacer algo que no decidirían individualmente, y que fuerce, además, a lo mismo a los miembros de la minoría restante, minoría que no tomó tal decisión ni individual ni colectivamente. Esa decisión puede ser que todo disidente sea deportado a campos de concentración. En nombre de anular las externalidades negativas de la generalización autodestructiva de las decisiones individuales autónomas, la democracia propone un egoísmo colectivista que desdobla al individuo en una disyuntiva alienante: una parte del mismo quiere comprar productos importados (si no puede evitar que los demás tengan la posibilidad de hacerlo), pero la otra quiere prohibir la importación a todos (y con esa condición prohibirse elegir libremente); una parte quiere evadir el servicio militar obligatorio, pero la otra quiere que se reclute población a la fuerza; una parte quiere poder disentir cuando le venga en gana, pero la otra quiere un pueblo unificado por una ideología única. ¿Cual vale más? La respuesta no es tan difícil: toda decisión nace de los individuos, hasta las decisiones colectivistas y totalitarias como estas. Luego, es la parte individual, la que comienza y termina en la libertad personal de elegir, la que hay que proteger. Y la propiedad privada es la esfera de esa libertad y donde podemos identificarla legítimamente (libertad tan odiada por Rousseau). ¿Se dirá que la gente no se podría así sindicalizar y unificar? No es cierto: sí puede, pero no por la fuerza. No contra otros. No por un voto para usar la maquinaría que reclama para sí y de facto hace uso del monopolio de la fuerza, que es el Estado, ni para, con el permiso o no del mismo, posibilitar el inicio de la fuerza (o sea: la violencia) de otros grupos: sindicatos de cualquier tipo (obreros, profesionales, comerciales, empresariales, etc.)
Pero todavía queda algo más por decir, y es que donde hay propiedad privada real y autónoma, existe la posibilidad de múltiples intereses individuales cooperando sin colisionar entre sí; donde las externalidades negativas se identifican y eliminan mutuamente mediante el principio de no-agresión. La escasez y la utilidad subjetiva que pagamos por un servicio privado es su valor, cuyo mínimo se alcanza por la libre entrada al mercado, y se determina por el beneficio por debajo del cual nadie está dispuesto a trabajar e invertir. Intentar no pagar ese "costo" es como intentar hacer funcionar un automóvil con menos combustible del necesario y forzarlo a dar más de lo que puede. A semejanza del ejemplo anterior, en este caso el precio de crear una suerte de externalidad positiva inmediata es crear una "internalidad negativa" mediata. No se trata, pues, de inmediatez o mediatez, sino de la búsqueda personal de la felicidad contra su reverso: la espera de una felicidad personal que sea producto colateral de una búsqueda colectiva de la misma, a costa del sacrificio de la autonomía individual para tomar decisiones con respecto a dicha búsqueda.
El liberal reclamo de libre comercio, y en general de libre intercambio de mercado, no es sólo práctico-utilitario: que el individualismo es más compatible con el beneficio de los individuos que el colectivismo, sino que también es ético: los individuos deben decidir sólo para sí mismos y para nadie más, y sólo sobre los medios que ellos mismos hayan creado.



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